jueves, 3 de septiembre de 2015

Ageusia



Inocente, señoría, claro que me declaro inocente.

Sí, sí, entiendo que los vecinos oyeran golpes y gritos, pero no vieron lo que pasó. Mi marido y yo jamás nos hemos peleado. Bueno, peleado, peleado, sí, ya sabe usted, como todos los matrimonios, pero mi Pepe jamás me puso la mano encima. ¡Ni yo a él!

¿Qué mi suegra lo vio? ¡Menuda bruja! Ella no vio nada, sólo malinterpretó la escena final, porque la culpa de todo la tuvo mi Ageusia.

No, no, la Ageusia no es ninguna persona, es la pérdida del sentido del gusto. Viene provocada por la Anosmia que…

Ah, tampoco sabe qué es. Pues es la pérdida del olfato. Se fueron los dos a la vez, allá por marzo de hace dos años, tras una gripe que…

Ya, ya voy al grano, pero es que es por eso que empezó todo. A mi me gusta mucho el chocolate, ¡lo que más en la vida! Bueno, lo que más me gustaba, porque desde entonces no me sabe. Quiero decir que no me sabe rico, ¿sabe usted? ¡Es terrible! ¿Se imagina frente a su plato favorito, salivando la exquisitez que ya conoce, y al meter el primer bocado resulta que le sabe a tierra? ¡Qué chasco, eh! Pues así es mi vida. Y será así para siempre, siempre, siempre… Eso me dijo el médico después de mil pruebas.

Ya, ya, le entiendo, señor juez, pero esto sí es “pertinente”, como dice usted. Si no cuento el inicio no le va a encajar la historia. Sigo:
Todo comenzó un día en que mi prima Encarni me dijo que ella compraba un chocolate artesano, riquísimo, riquísimo. Caro, eso sí, pero exquisito, y que a lo mejor al ser tan superbueno, podía saborearlo a pesar de mi Ageusia. Por lo visto se lo había recomendado su amiga Loly que es muy sibarita ella y…

Vale, vale, perdone. Ya me centro.
Pues bien, al día siguiente mi marido y yo fuimos a la tienda a buscar el famoso chocolate, pero no tenían el que me había dicho Encarni. Tenían otro que era ¡el no-va-más: ochenta por ciento de cacao puro —nos dijo la dependienta—, con el que hacen los bombones las mejores confiterías!”. Yo dudaba si comprarlo o no, porque aquella maravilla sólo la hacían en tabletas de kilo y medio. Cogí aquel lingote en la mano y pregunté a mi Pepe: “¿No es mucho chocolate sólo para probar si me sabe? Pero él dijo todo animoso: “Qué más da, chatina, si no te gusta hacemos unos bombones y ya los como yo”.
La tienda estaba a tope de gente y la chica apremiaba con la bolsita de plástico preparada, así que nos lo llevamos. Luego casi me da un patatús cuando nos dijo el precio: ¡quince eurazos!

Ya, si, perdón, tiene razón, que importa lo que costó. Sigo:
Ya fuera, a pocos metros de la tienda, no pudimos aguantar las ganas de darle un bocado, así que en mitad de la calle, sacamos la tableta, abrimos el envoltorio por una esquinita y como dos ratones sobre el mismo queso fuimos intentando morderlo en bloque. ¡Imposible arrancar un trozo! ¡Era una roca! Nuestros dientes resbalaban por él haciéndole surcos y llenándolo de babas sin pillar suficiente cantidad para catarlo. Fuimos corriendo a casa, ansiosos, yo, de frente a la cocina sin ni siquiera quitarme el abrigo. ¡Le tenía unas ganas!

No, no. Mi suegra no estaba en casa cuando llegamos con el chocolate. Llegó después. ¡Por eso se lió todo!

Como le decía, al llegar a casa lo desenvolví entero y me puse a cortar un trozo con el cuchillo de serrucho, uno que me aseguraron cuando lo compré que hasta cortaba clavos. ¡Nada! Entonces agarré el machete de cortar el pollo, puse el chocolate sobre la tabla de madera y le arreé un par de machetazos. Sólo conseguí que saltaran pequeñas salpicaduras que ni se encontraban en la boca. Fue en ese momento que me dio por pedirle ayuda a mi marido. Reconozco que fue mi culpa, porque mi Pepe no es nada mañoso, y además no piensa antes de actuar, ¿sabe usted?, él va de frente a aporrear lo que sea. Pero ese día le dio por pensar, así que tras observar la tableta un rato me dijo: “Tráeme la caja de herramientas”. Obedecí. Sacó unos alicates medio roñosos y los estuvo abriendo y cerrando un rato para aflojarlos. A punto estuve de preguntarle si pensaba hacerle la manicura a la tableta con aquel corta-cables, pero no dije ni pío. Allí estuvo pellizcándola hasta que se cansó. Entonces le dije que era mejor que utilizara las tenazas, y él dijo que lo que tenía en la mano eran tenazas. ¡Ahí no me pude callar! Le grité que lo que tenía en la mano eran unos alicates. Y él que no, que “¿Qué sabréis las mujeres lo que son unas tenazas?”. Un cabezón, oiga, porque, ¡anda si no sabré yo diferenciarlas! Vamos, aquellas herramientas eran ya de mi abuelo, que era un manitas y cuando era niña él me dejaba usarlas y…

Vale, vale… no me alargo más, pero que conste que yo sí sé diferenciar perfectamente unas tenazas de unos alicates, y él ni idea. Sigo:
Me dio la razón como a los locos y cogió las tenazas. ¡Imposible abarcar aquel mamotreto! Al final me pidió la llave grifa. Como me vio con cara de interrogación añadió con gesto de suficiencia: “Sí, cariñin, esas otras te-na-zas de piquitos que…” ¡Dios…, me apetecía abofetearle! Le di la grifa porque sé perfectamente como es. Y allí estuvo otro rato el infeliz intentando ajustar la apertura al taco de chocolate. Cuando lo tuvo al fin bien sujeto, se quedó mirándolo un buen rato. Entonces le pregunté, ya un poco caldeada: “¿Y qué?, ¿ahora que ya sabes que no se te puede escapar, que vas a hacer con él, eh?”. Me respondió: “Calla, estoy pensando”. Yo ya estaba de los nervios y acalorada, porque aún seguía con el abrigo puesto. Al fin dijo: “Dame el martillo”. Me entró un escalofrío… Le dije: “¡Ay madre, Pepín del alma!, ¿qué vas hacer con él? A ver si rompes la meseta de granito y la liamos…”.
Ni me escuchó. Empezó a dar encima de la llave sin atinar ni una vez. Todos los golpes caían atravesados tumbando la herramienta de un lado a otro haciendo que el chocolate resbalara sobre la tabla y ésta sobre la meseta, pero ni un rasguño, oiga, aquel chocolate parecía de acero. Entonces le dio como una ventolera, soltó la llave grifa y, ¡pum-pum-pum!, a martillazo limpio. Estaba como enfebrecido, con los ojos brillantes, ¡como fuera de si! Volaban lascas  por todas partes y mientras yo le suplicaba: “¡Deja, deja, ya es suficiente, por dios santo, Pepe, cálmate!”, él maldecía a grito pelado: “¡Puto chocolate de los cojones, conmigo no vas a poder!”
Cuando al fin logré detenerle, le rogué que saliera de la cocina para que se tranquilizara porque ya le digo que estaba como enloquecido. Me quité el abrigo, bebí un vaso de agua y ya más sosegada fui recolectando aquí y allá trocitos de aquel manjar, los metí en la boca, cerré los ojos y… ¡vaya chasco! ¡No me sabían a nada! Bueno, sí, a madera, como el resto de los chocolates.

Vale, vale, entiendo perfectamente que no le importe si me sabe o no, perdone usted. Retomo:
Tras la prueba final, era el momento de recoger y limpiar aquel desastre. Las salpicaduras de chocolate se pegaban a la bayeta, a la escoba, ¡a todo!, como un hollín de chimenea o un trozo de lápiz de labios. Bueno, usted no lo sabe porque es hombre, pero cuando se cae un trozo de barra de labios si se intenta limpiar se expande y se expande hasta el infinito. ¡Pues igual! Cuando terminé con el suelo me puse a limpiar toda aquella artillería. ¿Sabía usted que esas herramientas tienen unas ranuritas? Pues sí, tienen unas ranuritas por las que se había metido el chocolate y por más que les daba con el estropajo verde no se iba. Al final tuve que usar un palillo e ir ranurita a ranurita. ¡Dios!, ¿pero cómo podía ser tan duro y pegajoso a la vez?
En esas estaba cuando entró mi marido para ayudarme a limpiar, y como el suelo aún estaba mojado, resbaló. Yo quise sujetarle, pero como en ese momento tenía las malditas tenazas en la mano, no sé qué pasó, pero fueron directas a su cabeza y, ¡plaf!, se me desplomó como una marioneta.
Mi Pepe no se movía, y yo tampoco. Me quedé paralizada, estrujando las tenazas y  mirándole desde arriba con la mente bloqueada. No podía pensar, ¿sabe usted?, se me había puesto como un hueco vacío en la cabeza, como si se me hubiera ido todo lo que tenemos dentro y me hubiera quedado nada más que el cascarón donde está agarrado el pelo.
Fue en ese momento cuando apareció mi suegra por la puerta.
Ya se puede imaginar la escena que halló: a su hijo, inconsciente en el suelo, y a su nuera, desmelenada y roja, con el arma en la mano. Empezó a gritarme: “¡Asesina, asesina, que me lo has matado, Dios mío, que me lo has matado!” Salió con las manos en la cabeza pidiendo socorro a los vecinos como una loca.
Poco a poco se me fue rellenando de nuevo la cabeza y me agaché a socorrer a mi pobre marido que no reaccionaba. Le di masajes en el pecho: nada. Cogí un tazón con agua y se lo lancé a la cara con fuerza, ¡plaf!, como hacen en las películas, que siempre se despiertan de golpe con esa táctica, pero nada, mi Pepe seguía inmóvil. Puse mi oreja en su pecho a ver si latía. ¡Latía, virgencita mía, latía! Me eché a llorar y salí también corriendo a pedir auxilio a los vecinos. Pero ya entraban en tropel los de enfrente y los de arriba con mi suegra encabezando el piquete para inmovilizarme.
Y ya fue cuando llamaron a la Policía.

Ya, ya sé que no tengo testigos, sólo a mi pobre Pepe, pero como sigue en el hospital, con la consciencia en la inopia… Pero prueba del delito sí que tengo: el chocolate.


Celsa Muñiz Diez
1º Premio en  el  XXIII Concurso de prosa Los Molinos 2015.
Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Los Molinos. Madrid


viernes, 17 de julio de 2015

Sin papeles

   —¡La madre está muerta!
Cuando el avión aterrizó en Barajas, ella sabía que sus tres meses de turista, eran una excusa para escapar de la miseria de su tierra. Atrás quedaba su pueblo de Medellín, en Colombia, donde la vida valía muy poco. En compañía de algunos compatriotas, pasó los primeros días en España, hasta que encontró trabajo como sirvienta, en casa de unos señores muy importantes. Aquella familia le gustó y estaba dispuesta a trabajar duro, anteriormente, había sido instruida por una compatriota de cómo debía comportarse. A los pocos días se movía por aquella casa como si fuera la suya. Sin embargo, en silencio pensaba que, en unas dimensiones como las de esa casa, en su pueblo vivirían varias familias juntas.
Meses después, descubrió la mirada seductora he insistente de aquel joven, pronto supo de sus intenciones, pero estaba preparada para no sucumbir a ningún halago.
   —Tu mundo es otro, no lo olvides— le había dicho su amiga.
 Sin embargo, la tentación vivía bajo el mismo techo, y él cada vez regresaba más temprano a casa. De las miradas pasó a las palabras, y estas bien estudiadas hacían en la joven el efecto deseado por él, hasta que ella le dejó dormir en su cama entregándole su  amor y juventud.
Pero toda la felicidad que sentía se convirtió en angustia cuando la regla no acudió a su cita, y luego otra segunda falta.
¿A quién contarle su estado?—pensaba— a su amante por supuesto que no, ella sabía cuál sería su respuesta, a su amiga cómo decirle que todas sus palabras no sirvieron de nada, ¿a dónde acudir? pensó en organismos oficiales pero era una sin papeles, una ilegal en un mundo tan legal, y no quería volver a la miseria de su país.
Metida de lleno en una terrible angustia, poco a poco todos sus proyectos se volvieron nada, mientras su barriga seguía engordando ajena a sus miedos.
   —Búscate  la vida lejos de mí: lo que me faltaba, una sudaca preñada en mi casa.
Esta había sido la contestación de aquel joven que, poco tiempo atrás era tan atento y comprensivo. Junto al desprecio ella comprendió lo fácil que es engañar y fingir, ahora se daba cuenta de la razón que tenía su amiga. Ella era una “sudaca” sin derecho ni siquiera a estar embarazada.

Una vez más sus compatriotas la ayudaron. Hacinados vivían su aventura española, su paraíso  prometido, tan irreal y tan falso. Ella cada vez estaba más gorda y el día del acontecimiento se acercaba, para subsistir acarreaba un carrito repartiendo publicidad por los portales.
Pero algo la inquietaba enormemente, ¿dónde dar a luz? ¿Dónde sentir ese placer de ser madre? Lo veía todo tan difícil, tenía tanto miedo a ser expulsada de España. Era una ilegal que sólo quería vivir mejor. Ese era su gran delito pero suficiente para amargarle la vida. Aquella tarde el reparto se le hizo más pesado de lo habitual, el embarazo llegaba a su fin. De pronto se encontró atrapada en la noche, lejos de sus amigos y del pequeño local que era su casa. Sintió como el dolor aumentaba, y sentada en aquel banco esperaba que éste fuese pasando y pudiera llegar al otro extremo de la ciudad. Se levantó pero sólo podía caminar muy encogida, así poco a poco fue acercándose a la entrada de aquel supermercado, pensó que al menos no se mojaría. Sabía que allí pasaría esta noche que debía ser maravillosa, y que sin embargo, comenzaba como una  pesadilla.
El dolor del parto era ya muy intenso y supo que su niño quería nacer, allí sola iba a ser madre. Cuando el agua mojó sus piernas y sus ropas, el mundo comenzó a girar y a punto estuvo de perder el conocimiento, pero el frío la mantuvo en vela. Acurrucada sobre si misma encima de unos cartones, y cubierta con un viejo abrigo, se dispuso a esperar el momento, muy lejos de los suyos.
Cuando llegó la hora pujó fuerte como le habían dicho, entonces de pronto sintió como si su interior se desgarrase totalmente, y el niño apareció entre sus piernas. El llanto le confirmó la noticia de una nueva vida. Mientras, ella quizás por el esfuerzo perdía la visión y el mundo otra vez giraba a su alrededor. Después pasado un tiempo tuvo conciencia de lo sucedido, y mirando a su pequeño pensó que era precioso.
Con el cuchillo que llevaba para abrir los paquetes de publicidad, cortó el cordón umbilical y lo ató. Después acarició a su niño y limpió su cara, mas otra vez la visión le fallaba. Con sus ropas viejas envolvió aún más a su pequeño al que notó frío. Pero esta ropa no era suficiente, entonces se despojó de su último jersey y abrigó a su hijo. Así al menos él  se salvará, pensó.
Ella alumbró una nueva vida mientras la suya se escapaba; lo supo al ver la sangre que manchaba sus piernas, sabía que se desangraba y no tenía a quien acudir. En un último acto acercó el niño a su cuerpo aún caliente y se abandonó a su destino.

   —¡La madre está muerta, pero el niño vive! —dijo el médico de la ambulancia.

José Ramón López Goyos 2º Premio en el III Concurso de Relatos Breves "El folio el malva".Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Castropol.

sábado, 7 de febrero de 2015

Erotismo musical


Me rozas y canto. Me tomas con tus manos y al tocar mi cuerpo, una melodía surge de mis entrañas para volar al cielo libremente igual que si las notas fueran pájaros. Me apoyo en tu hombro para que sigas acariciándome sin descanso, para que tus manos sigan sobre mí y la canción no se acabe nunca. Da igual que nadie me escuche, que no tenga un teatro lleno de público, no lo necesito. Me basta con la soledad de una habitación. Para mí es suficiente con que tú me oigas. Espero siempre ese momento del día en que te acerques y decidas tomarme para crear la música que sólo tú sabes hacer sonar,  para sacar lo mejor de mí. El contacto contigo me hace vibrar intensamente y sin poder evitarlo, me pongo a cantar de alegría para todo aquel que quiera escucharme. Melodías de lugares lejanos que aprendiste hace tiempo y que no has olvidado. Somos una pareja indisoluble, no lo dudes.

Y cuando terminas nuestra canción y me abandonas, espero silencioso a que vuelvas mañana y me tomes de nuevo, me saques del estuche, me apoyes en tu hombro y vuelvas a frotar el arco contra mis cuerdas que vibrarán con tu tacto y harán volar las notas de nuevo.

Margarita Pedrayes

(Finalista en el 1º Concurso de microrelatos eróticos de la librería La Costera de Xátiva (Valencia). Diciembre 2014)