domingo, 6 de julio de 2014

Manolabola

Imagen: 
José Manuel Acebal Rodríguez

Sobre las estanterías: los trofeos, fotos y diplomas que dan cuenta del éxito empresarial. Y brillando sobre la mesa, la peonza de oro con la inscripción: “Manolabola – 1960”.  Mientras les aguarda, la empresaria coge la pieza en la mano y sonríe. Se recuesta en el sillón y recuerda.



Tenía diez años y era verano. Frente a la casa de sus abuelos, donde pasaba las vacaciones, los chicos del pueblo jugaban a las chapas arrastrados por el suelo, conduciéndolas a golpe de índice y pulgar por la pista dibujada con tiza. Pero a ella nunca la dejaban participar.
—¡Fuera de aquí, Manuela, este juego es de chicos!
Su físico rollizo y grandote la hacía presa, además, de las burlas infantiles.
—¡Manola-bola, Manola-bola! —coreaban a su vez la niñas.

Pasó casi todo el verano sola, condenada en su patio jugando con una peonza de su abuelo, mientras escuchaba fuera la algarabía de sus castigadores. Hasta que una tarde de finales de agosto se asomó a la verja y los empezó a observar con atención. Se arrastraban por el suelo como lagartijas chillonas. Churretones de polvo y sudor recorrían sus caras necias, y por primera vez su tristeza se convirtió en desdén. Abandonó su destierro y se acercó a ellos con las manos en los bolsillos, tan despacio que ni se dieron cuenta de que estaba allí hasta que su gran sombra oscureció la pista de juego. Todos levantaron la vista al unísono, y a ella, desde su altura, le parecieron inofensivos ratoncillos.
—¡Lárgate, bola de sebo, que me quitas la luz! —le gritó el pelirrojo que en ese momento le tocaba turno.
Ella, sin cambiar el gesto, respondió con voz calmada:
—Puedo sacar vuestras chapas de la pista sin tocarlas con los dedos.
—¿Y cómo lo harías, eh?, ¿empujándolas con el aire de tus faldas? —se mofó el chico.
Todos rieron.
—Os lo puedo demostrar ahora mismo —continuó segura.
—Pues vale, demuéstranoslo, so tarada —la retó el pelirrojo—, venga, échate al suelo a ver si eres capaz de doblar tu barrigón.
—No necesito arrastrarme como vosotros. Lo haré de pie.
Se abrió paso en medio de las burlas, sacó su peonza y una cuerda de uno de los bolsillos de su vestido y la fue vistiendo de cordel con la precisión de un artesano. Cuando la tuvo bien prieta la lanzó con un gesto firme: ¡zas!, justo en el centro de la improvisada carretera. La rechoncha madera, desnuda ya del cordel, giró y giró, avanzando como bailarina de ballet, imparable, desalojando a su paso todas las chapas que entorpecían su camino. Cuando al fin alcanzó la meta, la peonza aún se mantuvo erguida unos segundos más al otro lado de la gloria, orgullosa de su hazaña, girando y girando. Luego, sin que llegara en ningún momento a tumbarse, con otra veloz maniobra de cuerda, la enlazó por la punta y, con un movimiento preciso, la hizo saltar hasta la palma de su mano y desde allí deslizarla de un lado a otro de la soga como experta equilibrista. Tras unos minutos más de espectaculares piruetas, la detuvo, la limpió contra la pechera y la volvió a guardar en el bolsillo. Luego, sin decir nada, se giró en redondo y se encaminó de nuevo hacia su casa. Sonriendo.



—Los señores que espera ya están aquí —le comunica su secretaria.
Hace pasar a dos hombres: un padre y su hijo. El mayor es un antiguo conocido que viene a presentarle al joven para ver si Manuela puede emplearle en su empresa.
Tras un saludo afectuoso y presentación del joven aspirante charlan animados sobre los viejos tiempos y sus familias. La hora siguiente la dedican al intercambio de información sobre el trabajo, el curriculum y experiencia acumulada del joven. Cuando al fin llega la despedida, y ya junto a la puerta, Manuela le pregunta al chico:
—¿Tú sabes jugar a la peonza, chaval?
—No, señora. Nunca tuve una.
—Ya te enseño yo, no te preocupes. Todos mis empleados, al igual que mis hijos, tuvieron que aprender.
—Ah, ¿si?
—Sí. ¿Sabes por qué?
—No se me ocurre, —sonríe divertido el joven.
—Porque la vida da muchas vueltas, y hay que bailarla en pie, sin arrastrarse por el suelo.
Y dirigiéndose al padre, añade sonriente:
—¿Verdad, pelirrojo?
—Verdad —responde éste cabizbajo.

Celsa C. Muñiz Díez
1º Premio en el II Concurso de Relatos Breves "El folio el malva". Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Castropol.




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