martes, 2 de agosto de 2011

La visita


Hoy era el gran día. Con qué alegría lo comenzó Marcelina. Por fin había llegado la esperada fecha, la tenía marcada en el calendario con un círculo rojo.
El ambiente no acompañaba, hacía frío, un frío fuera de lo normal para un sábado de  mediados de primavera y,  para colmo, llovía. El reuma le acusaba el dolor de la cadera y también en sus rodillas gastadas por la edad. No le importó. Podría conocer aquel muchas veces soñado, y para ella, inalcanzable lugar. La asociación de vecinos a la que pertenecía había organizado una visita guiada al majestuoso edificio que en tantas ocasiones, siendo joven, había contemplado desde el exterior. Cuántas veces deseó ser un muchacho para poder estudiar en él. Recordaba que en época de la dictadura, estaba reservado sólo para hombres. Sin embargo, se decía a sí misma con pesar, ella era chica.
Sus alas quedaron cortadas desde muy joven cuando, un poco antes de cumplir los catorce años, la pusieron a trabajar. Los padres habían sido rojos en la guerra, se quedaron sin trabajo y no tuvieron oportunidades cuando el conflicto finalizó. Necesitaban el dinero que Marcelina podía aportar. Así, sin estudios ni cualificación profesional, quedó condenada a lo que sabía hacer: fregar. Además: ¿Estudiar… ? ¡Ni hablar! ¿Para qué? No le hace falta a una mujer, total se va a casar. Lo había oído tantas veces… Después, la vida la arrastró a permanecer en un segundo plano.
La realidad era que Marcelina, efectivamente, se casó, mas bien la casaron, ya de mayor. Unos primos lejanos le arreglaron el matrimonio con un viudo conocido de la familia. “Para que no te quedes solterona toda la vida, hija, que tú no tienes arte” ―dijeron las mujeres de los primos―.
 Marcelina vivía sola, no tuvo hijos, y cuando quedó viuda se apuntó a la asociación de vecinos; la idea era relacionarse, como le indicó su nuevo médico de familia (que la trataba de su cojera porque algunos días la cadera le impedía caminar), pero como su marido siempre le decía “tu calla que no tienes conversación” ella se acostumbró a no hablar con nadie, y así seguía. Cuando leyó en el tablón de anuncios la visita para un mes más tarde, se apuntó tímida, casi de puntillas; además era gratis, no repercutiría en su maltrecha economía. Así comenzó  su ilusionada espera.

Desde lo alto de la torre Marcelina mira el paisaje. Hace unos minutos que ha salido el sol a recibirla. Se siente feliz. Jamás antes había disfrutado de una vista desde esta perspectiva. “Mi ciudad ―piensa― seguro que es la más bonita del mundo”. Contempla el mar al fondo. Las suaves colinas que la rodean con su verdor que tan conocido le resulta. Nunca había viajado más allá de ellas que no fuese con la imaginación. Nunca, nunca, realmente no.
En una ocasión su marido la llevó a la capital, un domingo, nada menos que a misa de doce en la catedral, y cuando se casaron también la llevó, en tren, a merendar marañuelas hasta aquella confitería de un pueblo costero cercano.
Tras recorrer con el grupo de visitantes las partes principales del edificio, le llegó a Marcelina el esperado momento de dirigirse a  la torre, para ella atractivo principal de la excursión. Mientras subían en el ascensor, el guía les comentó que la altura del mirador se correspondía con un piso diecisiete y que el ascensor era rápido: tardarán diecisiete segundos en subir.  “Si hubiese nacido más tarde, aunque fuese chica, habría podido estudiar mecánica” ―pensó melancólica―. El ascensor se paró, salieron a un rellano y, a unos pocos metros, tras una puerta, el guía les dio paso al mirador.
 Al poner el pie en la estrecha terraza y notar en su rostro el sol,  justo en ese momento se rompieron las nubes, Marcelina sintió una explosión de satisfacción.

Terminado el tiempo destinado a permanecer en el mirador, el guía les indica que van a ir bajando. Los visitantes le siguen dóciles.  Ella apura la ocasión contemplando la vista del entorno de la torre. Al borde de la barandilla de piedra, concentrada en su personal complacencia, no se da cuenta de que  queda sola en el mirador. En ese preciso instante, cuando sale de su abstracción, se da la vuelta y no ve a nadie. Vuelve sobre sus pasos, entra otra vez por la puerta mirando hacia atrás, observa de nuevo  el horizonte. Una última mirada.
Se encuentra en el pequeño rellano con la puerta del ascensor, a su derecha hay una luz que indica que este está bajando, “son diecisiete segundos lo que tarda” ―piensa, recordando la voz del guía―.
La luz se apaga. Acciona el pulsador del ascensor. Nada se enciende. A su memoria acude el detalle de que todas las puertas tenían cerraduras y que el guía las iba abriendo a su paso.
De repente la torre ya no le parece tan idílica, el rellano es gris y desangelado. Desconcertada, sin saber que hacer, explora a su alrededor.
Observa una escalera en penumbra al lado del ascensor. Se dirige hacia abajo, tiene  una reja, de algo más de un metro de altura, cerrando el paso. Aparta su vista de ella. Contempla la puerta del ascensor. Trascurre el tiempo. Permanece estática delante. No hay ningún cambio. Vuelve a mirar la escalera. Lo piensa un momento. Se decide. Como buenamente puede, trepa y salta la verja con dificultad.
Comienza a bajar la escalera. Duda. Decide continuar. Es una estrecha escalera de caracol. Cuando lleva un tramo tiene que detenerse para descansar, el dolor de su cadera enferma se agudiza demasiado. Tras una pausa sigue descendiendo un peldaño tras otro, tantea cada escalón siempre con el mismo pie, el sano. La bajada se le está haciendo eterna. Las rodillas le duelen demasiado, su cojera se acentúa tanto que tiene que volver a parar.
Por momentos Marcelina no ve por donde pisa. Tiene que comprobar, con su pie derecho, la distancia hasta el borde y la altura de cada peldaño. La luz que entra por las escasas ventanas que hay en la torre no es suficiente para iluminar la escalera. Necesita utilizar las manos, buscando el apoyo de la pared, para no caerse.
Hay un instante, dentro de esa estrecha escalera sin fin, en el que Marcelina empieza a sentir miedo,  las ideas se agolpan en su cabeza “¿Y si no hay salida abajo? ¿Y si hay una puerta cerrada? ¿Y si no la esperan?” Conforme va descendiendo su corazón cada vez late más fuerte. Por fin, termina de bajar. Al final de la escalera hay otra reja, esta vez un poco más alta. Nuevamente intenta saltar por encima, pero en esta ocasión le resulta imposible, ella es muy bajita, y agachándose tampoco puede pasar, por la parte inferior de la reja no hay espacio suficiente para su cuerpo.
Tirados en los últimos escalones permanecen sombríos restos de mobiliario roto y olvidado. Con terrible esfuerzo, mientras  estallan en sus oídos los latidos de su corazón,  utiliza los muebles apilándolos junto a la reja.
Tras varios intentos, ya que pierde el equilibrio y tiene que volver a empezar, Marcelina logra encaramarse a lo alto del amasijo de maderas. Al otro lado, el suelo de la planta baja le parece un abismo. Intenta dejarse deslizar hasta que termina cayendo. Se da un golpe al impactar su cuerpo contra el mármol. A pesar del dolor, sabe que no se ha roto nada. Magullada, se levanta arrastrando su cadera enferma, ansiosa por salir se dirige a las enormes puertas de cristal. ¡Las puertas están cerradas!
 Marcelina no lo puede creer. Tira de los pomos. Empuja una y otra vez. ¡Cerradas!
 No hay nadie... El gran patio está solitario… Aún es de día… “Alguien pasará y me verá aquí” ―piensa―. Golpea, grita: ―¡Por favor…! ¡Por favor…! ¡¿Hay alguien…?! ―Pero es inútil. No hay nadie para escucharla.
―¡Estoy encerrada…! ―No hay nadie para verla encerrada.
Agotada, aplastándose contra las puertas,  se deja deslizar hasta sentase en el suelo.
Empieza a sentir sed, también tiene necesidad de ir al baño. Comienza a temblar de angustia, respira con dificultad. 
Pasa el tiempo… Se ha hecho de noche, nota frío, siente hambre, tiene miedo, le falta el aire.
―Pero… ¿Cómo es posible que no haya notado nadie mi ausencia? ―se pregunta de forma desgarrada en voz alta.
“Mis vecinos ni me contestan cuando saludo, parece que soy invisible para ellos” ―sigue elucubrando―. “Y si nadie sabe que estoy aquí ¿Qué me ocurrirá? ¿Si nadie pasa por la torre que será de mí?”. Se pone en pie, intenta desesperada romper la puerta. No puede, no tiene fuerza en sus manos, no hay nada a su alrededor con que poder ayudarse. Solo es una vieja solitaria. Una visión le aterroriza: puede quedar allí apagándose lentamente, hasta que…
El terror le impide llorar. Queda pegada a la gran puerta de cristal. El cuerpo le duele tanto  que ya ni lo siente.

Se ha quedado dormida en el suelo. Está helada.
Una luz le da de pleno en la cara. No sabe qué le ocurre ¡…La están golpeando!
―Señora, señora, ¿Me oye?
 Le oye perfectamente, ¿Por qué le grita? ¿Por qué la golpea?
‹‹¿Quién es este hombre de uniforme? Le denunciaré, como dicen en la televisión.
Pero primero tiene que librarse de él. Se levanta ligera, no pesa nada.
››Qué bien me encuentro hoy. Y mi cadera… no me duele ¡Si no cojeo!
››Este pasillo... Allí, al final, está la salida››.
 Dando media vuelta, tranquila, se aleja inmersa en la oscuridad.
 Sus pasos se encaminan sin titubeo hacia la luz.

Un vigilante que tras salir de su asombro ha logrado moverse, pero impactado aún, por haber encontrado a una anciana en la ronda periódica por la base de la torre, la mueve frenético, aunque consciente de que es inútil, tratando de reanimarla. Es evidente que no respira.

Mara A. Loredo
(1º Premio en el I Certamen Literario de la Asociación 50+)

De vidrio ciego


Bien entrada la primavera, casi dos años después del  fallecimiento de mi marido,  estaba ordenando la bien surtida biblioteca de la abuela. Lo hacía con cierta frecuencia. La última de una larga lista de asistentas había acabado marchándose, harta de la soledad de aquel lugar en medio del campo. Y yo, había establecido una regla según la cual mantenía todas las habitaciones en perfecto orden. Con esmero y dedicación daba cera a los muebles, limpiaba las alfombras, y sacaba brillo a la plata. Me gustaban aquellas habitaciones donde no había cambiado nada durante años. De cada rincón surgían imágenes con los colores sepia de los recuerdos de la infancia; nada me gustaba más que tocar todas sus cosas, sentir que casi podía palparla y acercarme a ella. Para sorpresa de amigos y conocidos, había decidido vivir allí sola. Sólo salía  para ir a la misa del convento y visitar a las monjitas.
     Esa tarde intentaba alinear en compactas hileras todos aquellos libros de tapas gastadas sobre los estantes de madera de roble, cuando sonó el teléfono.  La voz del otro lado del hilo era de una mujer joven  que hablaba con “r” afrancesada; una directora de teatro que estaba estudiando la representación de uno de mis cuentos y se ofrecía para hacerme una visita.
      Con mi primer volumen de cuentos para niños, me había convertido en una escritora multiventas, pero rara vez concedía entrevistas.

viernes, 22 de julio de 2011

Homenaje a un lector de prensa

Sociedad de la Información y del Conocimiento
Universidad para los Mayores
Trabajo de: Concha Yllán Calderón 

JUSTIFICACIÓN

Después de leer unas reflexiones sobre El Quijote que nos ha enviado un compañero  por Internet, no he podido evitar recordar a un ser querido,  tan acorde con la manera de pensar y de obrar en su vida con la que practicara nuestro Ingenioso Hidalgo, que he decidido hacerle un pequeño y emocionado homenaje a esa persona buena que fue mi padre.

Él ejerció su particular Misión Pedagógica, como lo hicieran las creadas en 1931 por la Segunda República para acercar la cultura al medio rural, pero utilizando los periódicos como soporte, ya que no había cartillas para todos.

El  objetivo de este trabajo va a ser hablar de algunas vivencias sobre la prensa escrita, cuya lectura supuso para mi progenitor la misma obsesión, rayando en la locura, que fueran los libros de caballería para D. Alonso Quijano.

Vivencias familiares en torno a la prensa
     
Desde niña oí contar en casa que mi bisabuelo paterno, peón caminero apodado “el filósofo” ¡porque sabía leer!, iba todas las tardes al único bar de un pequeño  pueblo de Toledo a leer, en voz alta, el periódico “El Imparcial”, para que las gentes del lugar estuvieran informadas de lo que sucedía en el mundo. Él pertenecía a una antigua familia descendiente de los criptojudíos o “Marranos” que optaron por convertirse, en apariencia, al Cristianismo para evitar su expulsión de España. Ese secretismo obligado con el que compaginaban ambas creencias, les hacía reservados y a la vez celosos por mantener y conservar su propia cultura tratando, a toda costa, de adquirir conocimientos intelectuales al margen de sus oficios o profesiones. Con el tiempo, esas actitudes no se borraron del todo y, hasta el día de hoy, he podido recordar detalles de comportamiento, poco frecuente, en mis propios abuelos.

Mi padre, nacido en 1912, aprendió a leer en ese periódico que fundara la familia de su, más tarde, leído y admirado, D. José Ortega y Gasset : "El Imparcial". A  su vez, él mismo enseñó a leer a mi hermana mayor en las páginas del diario ...

martes, 28 de junio de 2011

Patria potestad

—¿Diga?
—Jorge, soy papá. ¿Qué tal estas cariño?
—¡Papá!, ¡que bien!
—Que contento estás, ¿eh?
—¿Vendrás este fin de semana a buscarme?
—No, hijo. Me han surgido problemas. En otra ocasión, ¿vale?
—Jo, siempre dices lo mismo. Me lo habías prometido.
—Ya lo sé, hijo. No te enfades. Te juro que iré a buscarte muy pronto. Bueno… ¿Y que tal tu madre?, ¿sigue saliendo con ese tipo?
—Sí. Pero, ¿cuándo me voy contigo?
—Pronto hijo, pronto. Pero dime, ¿el tipo ése está ahora ahí, en casa?
—Sí.
—Pero, ¿qué pasa, se va a quedar a dormir ahí?
—Sí, claro.
—¿Cómo que claro? ¿Cuántas veces ha dormido ahí?
—Muchas. Va a vivir aquí. Pero, papá, ¿qué día vendrás a buscarme?
—¡¿Cómo?, ¿que va a vivir ahí?!
—Sí. Es un mierda, y ayer mamá me castigó porque no le obedecí.
—¡¿Cómo?, ¿por desobedecerle?!
—Sí.
—Deja ya de llorar hijo, que ya tienes diez años. Escúchame. Que no me entere yo que obedeces a ese imbécil. Sólo debes obedecerme a mí, que para eso soy tu padre. Ese tipejo no es nadie para darte órdenes, ¿me has entendido?
—Sí, papá.
—Dile a tu madre que se ponga inmediatamente.
—Mamá dice que no tiene nada que hablar contigo. Pero, contéstame papá, ¿qué día vendrás?
—No seas pesado Jorge, por favor, ya te lo diré. Venga, dile a tu madre que es urgente.
—Pero…, papá…


Celsa Muñiz
Publicado en revista Prímula (24 junio 2011)

Cuatro poemas y un guiño


LA NOCHE OSCURA     (emulando a San Juan de la Cruz)

Me quedé y olvidé todo,
la cabeza descansó sobre su hombro,
perdida la razón, sólo el corazón obedecía.
Todo lo aplacé, lo puse a un lado,
y con las flores que traía, dejé en el olvido mi cuidado.

LEJANÍA

Ya no añoro tu regreso.
Amarte en la distancia
es mejor que vivir, bajo
tu dominio y desgana.

A LA MUERTE

Tómame pletórica;
ni abatida, triste o desconfiada.
Ven cuando sea feliz
¡Que me quede con gana de sentir…!
Acércate brusca,
arrebátame los placeres
y suéltame en el olvido.

AUTORRETRATO

Soy el número diez millones, siete tres ocho…
Ese eslabón de la cadena
donde las manos se enlazan,
perdida isla en el océano,
roma arena de la playa
que el mar va a besar.
Pero con unas formo la playa,
con otros la humanidad.

Ana Trelles
Publicados en la revista Prímula (24 junio 2011)

Las tazas

(Emulando a "Las Moscas" de A.Machado)

Vosotras, las familiares,
tacitas que no tazón,
vosotras, lozas vulgares,
me tocáis el corazón.

¡Oh, viejas cuencas con asas,
rostros de una sola oreja,
habitantes de mil casas,
con su plato o sin pareja!

¡Tazas del cacao primero
en la mesa familiar,
los crudos días de enero
en que empecé a madrugar!

Y en las noches de vagancia,
en que arrinconé mi vida
aburrida,
libé de alguna sustancia,
-que todo es beber-, licores
que lavaron mi desgana
en tu honda palangana.

Tazas de alegres colores,
de dibujos infantiles,
de cerámicas remotas,
de traslúcidos cristales,
de ligeras terracotas,
de siempre… Tazas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que fuisteis besadas,
por bocas enamoradas,
por viejas desencantadas,
por el hombre perdedor,
por soñar junto a la lumbre,
por costumbre…

Acogedoras tacitas
de los huéspedes caldosos,
de los tragos, favoritas;
afroditas del presente,
de perfiles sinuosos,
antiguas, como la gente.
.
Celsa Muñiz
Publicado en la revista Prímula (24 junio 2011)

sábado, 18 de junio de 2011

Arquitecto de verano

Ojalá volviera a ser
arquitecto de verano
que usando solo sus manos
ve sus proyectos crecer.

Primero va la muralla,
luego el foso y la atalaya.
Para hacer bien el castillo
usaré este rastrillo.
Un madero será el puente,
el agua del mar la fuente.
Con el palo del helado
y este papel bien doblado
el mástil y la bandera
que se vean desde fuera.
Piedras, conchas y tapones
adornarán torreones.
La caracola del mar....
esa la voy a guardar.

Mª Rosa de la Concha

martes, 14 de junio de 2011

Escrito en la arena

Un gorrión
se posa en la arena.
Una hormiga
me trepa por un pie.
Una ola la lame
y ella
nada.
El cielo es tan azul
que siento que caigo
al vacío.
No se diferenciar
el cielo,
del aire,
del mar.
Azul,
azul en todos los tonos
Azul,
profundo, suave y brillante.
El mar
es un delfín sonriente.

Mª Jesús Sánchez Obeso

martes, 26 de abril de 2011

La sombra del baobab


I

Tom vio la gigantesca silueta del baobab e imaginó que sería un buen refugio, eso le dio esperanza. Estaba malherido y le costaba trabajo respirar, pero podía lograrlo. «Maldita suerte —masculló— y maldito hoyo que me hizo volcar con el jeep.»
Cuando llegó al árbol miró alrededor y se le heló la sangre: a cuarenta o cincuenta metros, entre la hierba, un gran macho de león se dirigía hacia él.
«Que Dios me ayude —pensó, mientras sacaba un revolver.»
Luego sintió que se le aflojaban las piernas y cayó como un fardo.

II

El león necesitaba comer, la pelea con dos jóvenes machos le había dejado exhausto, lleno de heridas, incapaz para la caza y apenas para desplazarse. El hombre recostado en el baobab parecía presa fácil; recordó las vacas del poblado negro.
Intentó un último esfuerzo y caminó unos metros más. A veinte, o tal vez a quince metros del árbol, se le nubló la vista, se tambaleó y jadeando se derrumbó en el suelo. Lo último que vio antes de cerrar los ojos fueron las siluetas de dos hombres, altos como torres y negros como la noche.

III

Dos guerreros masáis habían salido de su poblado con una doble misión: acabar con el león que mataba las vacas y capturar al hombre blanco. Durante la noche, el falso cazador, había robado los diamantes del Laibón de la tribu y, sin ellos, el poblado quedaba a merced de los espíritus. Tenían que recuperarlos a toda costa.
En la sabana, los guerreros masáis vieron a lo lejos un grupo de buitres; al llegar, a unos metros del árbol, descubrieron un león moribundo. Muy cerca, el hombre blanco ladrón yacía muerto junto al tronco.
Los masais, después de recuperar los diamantes, rezaron a los espíritus. Luego, dieron las gracias a los dioses y descansaron tranquilos bajo la sombra del baobab.

Ovidio del Moral Holguín

jueves, 14 de abril de 2011

11-M - Tren de cercanías

Hacía varios meses que todas las mañanas nos encontrábamos en el mismo lugar y a la misma hora. Nos mirábamos en silencio pero ninguno daba el paso que nos gustaría. Luego cada uno ocupaba su lugar en el tren, con miradas furtivas se nos pasaba el viaje. Nos separaban tres hileras de asientos, siempre tres. Sentados en el mismo lugar y frente a frente.
Ayer era el día señalado; cumplía dieciocho años, y quería tener esa edad para decirte lo mucho que me gustabas. Yo creo que ya lo sabías, por eso sonreías burlona cuando me descubrías atontado mirando tus largas piernas, que constantemente cambiabas de posición. Por eso vestías esas camisas transparentes que mostraban tus encantos en un continuo eclipse de sol, donde tus pechos eran las más maravillosas partículas del universo que me alegraban cada mañana.
Todo eso lo sabias tú, estoy seguro de que más de una vez me llamaste cobarde por comerte con los ojos y no decirte nada. ¡Que le vamos hacer!
Pero ayer lo tenía decidido: sería mi gran día me arriesgaba a recibir un “no” como respuesta, pero merecía la pena intentarlo. Basta ya de mirar. ¡Tengo dieciocho años ya soy un hombre! Por cierto tengo una duda. ¿Por qué nos miráis las mujeres a los hombres? ¿Qué os gusta de nosotros?
Yo te miro y, ¿sabes?  De ti me gusta todo. Tu cara, tu lunar junto ala boca, (por eso te llamo Cindy) Tus caderas, tus ojos, todo.
Como te digo ayer iba a por ti, estoy seguro de que me esperabas, apostaría a que me encontraste más decidido que de costumbre. Al menos yo me sentía así.
En mi asiento de todos los días separado del tuyo por esas tres míticas hileras, yo cerraba los ojos y te imaginaba a mi lado, miraba tu cuerpo a través de tu camisa y con dedos temblorosos de principiante te la desabrochaba. Un botón, otro botón.
Abro los ojos y te veo en tu lugar de siempre, me sonríes, te devuelvo la mirada y pienso.
Está decidido contaré hasta tres y me acercaré a tu lado, te miraré a los ojos y te pediré que seas  mi novia. Que te cases conmigo. Uno...dos...

¡¡BOOOMM!!  ¡¡BOOOMM!!
De golpe el universo se estrelló contra el suelo aplastándolo todo. El tren voló por los aires y la sangre como una lluvia infernal cae sobre nosotros.
Cuando puedo abrir los ojos tu ya no estás ahí, ¿dónde está el asiento de la tercera fila? Arde todo, se oyen gritos, llantos. Hay un fuerte olor a carne quemada. La muerte flota en el aire y tú ya no estás, ¿que fue de ti?
Estoy herido pero consciente, tengo sobre mi cabeza asientos y chapas del tren, hierros retorcidos. A mi lado una mano y unos pies sin dueño.
Puedo moverme y miró al exterior. Desde esta jaula de muerte te veo, estás inmóvil en medio de las vías. ¡Dios mío tus piernas! ¿Dónde están, que te han hecho?
No puede ser, no puede ser, ¡si hace un minuto estabas ahí sonriéndome! Miro tu cara, la sangre lo baña todo y se mete en tu boca. Tu cuerpo es como un muñeco de trapo roto. ¡Dios mío, te han matado! ¡Me han matado! Nos mataron la vida y la ilusión, mataron a los muertos y a los que estamos vivos.
Ayer unas manos asesinas vistieron de luto el sol. Ayer alguien me trajo a este hospital pero no sé nada de ti.
Nunca podré decirte que te quería, que era feliz sólo con verte. Cierro los ojos y me pregunto: ¿Adónde te llevarían a ti? ¿Adónde te llevarían?
Ayer cumplí dieciocho años, y he muerto. Ayer, ayer, que alguien lo quite del calendario.

Pido un calmante: Enfermera, mejor un frasco completo, no se preocupe si me muero, ya estoy muerto. Me lo tomaré completo; luego, mientras mi cuerpo se sumerge en el sueño pensaré en ti. En tus ojos, en tu cara, y te desabrocharé la camisa.
Un botón, otro botón, otro -bo-tón.

José Ramón López Goyos
(Accésit en Grandas de Salime -Asturias-, Mayo de 2007)

¿Qué esperabas?

Sus prisas, aunque disimuladas, mostraban las ganas que ambos sentían. Él caminaba unos pasos detrás de ella, observando el meneo de aquellas sugerentes caderas. Ella delante, coqueta y femenina sonreía sabiéndose deseada. Al divisar la biblioteca pública ambos sonrieron. Entrarían y al fin allí lo harían.
Una vez dentro, al observar el indicador de “aseos” entraron casi corriendo. Cuando aún la puerta no se había cerrado del todo, ella comenzó a levantar la falda y bajar las bragas.  Él a desabrocharse los pantalones.
Eran tantas las ganas.
Los siguientes minutos fueron de un placer intenso. Tan intenso que los dejó felices y relajados para un buen rato. Cuando abandonaron juntos la biblioteca, los dos estaban convencidos de una cosa.
Que no hay nada más placentero, que mear y vaciar la vejiga, cuando está a punto de reventar.

José Ramón Lopez Goyos
(3º Premio en el Certamen de Cuentos Brevísimos de Herencia (Ciudad Real). Abril de 2006)

Primera entrada

Hola, esta es mi 1ª entrada. Bueno tengo dos en la cabeza, una a cada lado, que ya están ahí desde hace tiempo pero esta es más importante. A decir verdad ha habido también en mi vida otras entradas más importantes que esas dos. Algunas de ellas las guardo en un álbum.

Pero hablemos de ésta, porque es..., no sé, distinta. Tiene la magia de esas primeras veces y qué se yo si algo de suspense. No me refiero a la salida, que parece poco conflictiva.

No como en un concierto de Miguel Ríos, cuya entrada también guardo. Rodeados de miles de personas, sobre la hierba del campo de fútbol, estábamos una pandilla de amigos, todos bebiendo vino tinto y fumando hierbas medicinales al calor de una noche de verano. Comenzó a diluviar y después vinieron los relámpagos, tan seguidos que inundaban todo el estadio de luz y color casi de continuo. Parecían formar parte del espectáculo y más de uno y de dos los tomaron como efectos especiales. Hasta que una de las descargas alcanzó los equipos y el concierto se paró en seco. Instantes después un estruendo puso fin a la velada. Sin luz ni sonido, todo el mundo corrió a guarecerse de la lluvia intentando encontar una salida entre la multitud que corría a tientas. A algunos les pisaron la cabeza, a otros la tripa y a mi la bota de vino. No me hizo daño pero me dolió mucho porque era un regalo. Aunque hay que reconocer que a veces los recuerdos valen lo que uno paga por ellos y no creo que a ninguno se nos olvide jamás aquella noche agridulce. Así que guardo la entrada, en algún sitio, no tan a mano como el recuerdo .

Y creo que ésta también la guardaré. Aunque si no os gusta se puede borrar solo era una práctica.

Salud y felices entradas

José Luis Santamaría

Gracias a la Creadora del blog por su trabajo y buenhacer. Te alabamos. Bueno te alabo y no es que sea de Álava que entonces sería a la ves, o sea, ar mizmo tiempo de dos sitios y eso todavía no lo he conseguido, salvo en Brasil donde una vez me tomaron por nativo (los hay como mantas) ...bueno, pa otra entrada (gratuita).

Enero 2011