jueves, 3 de septiembre de 2015

Ageusia



Inocente, señoría, claro que me declaro inocente.

Sí, sí, entiendo que los vecinos oyeran golpes y gritos, pero no vieron lo que pasó. Mi marido y yo jamás nos hemos peleado. Bueno, peleado, peleado, sí, ya sabe usted, como todos los matrimonios, pero mi Pepe jamás me puso la mano encima. ¡Ni yo a él!

¿Qué mi suegra lo vio? ¡Menuda bruja! Ella no vio nada, sólo malinterpretó la escena final, porque la culpa de todo la tuvo mi Ageusia.

No, no, la Ageusia no es ninguna persona, es la pérdida del sentido del gusto. Viene provocada por la Anosmia que…

Ah, tampoco sabe qué es. Pues es la pérdida del olfato. Se fueron los dos a la vez, allá por marzo de hace dos años, tras una gripe que…

Ya, ya voy al grano, pero es que es por eso que empezó todo. A mi me gusta mucho el chocolate, ¡lo que más en la vida! Bueno, lo que más me gustaba, porque desde entonces no me sabe. Quiero decir que no me sabe rico, ¿sabe usted? ¡Es terrible! ¿Se imagina frente a su plato favorito, salivando la exquisitez que ya conoce, y al meter el primer bocado resulta que le sabe a tierra? ¡Qué chasco, eh! Pues así es mi vida. Y será así para siempre, siempre, siempre… Eso me dijo el médico después de mil pruebas.

Ya, ya, le entiendo, señor juez, pero esto sí es “pertinente”, como dice usted. Si no cuento el inicio no le va a encajar la historia. Sigo:
Todo comenzó un día en que mi prima Encarni me dijo que ella compraba un chocolate artesano, riquísimo, riquísimo. Caro, eso sí, pero exquisito, y que a lo mejor al ser tan superbueno, podía saborearlo a pesar de mi Ageusia. Por lo visto se lo había recomendado su amiga Loly que es muy sibarita ella y…

Vale, vale, perdone. Ya me centro.
Pues bien, al día siguiente mi marido y yo fuimos a la tienda a buscar el famoso chocolate, pero no tenían el que me había dicho Encarni. Tenían otro que era ¡el no-va-más: ochenta por ciento de cacao puro —nos dijo la dependienta—, con el que hacen los bombones las mejores confiterías!”. Yo dudaba si comprarlo o no, porque aquella maravilla sólo la hacían en tabletas de kilo y medio. Cogí aquel lingote en la mano y pregunté a mi Pepe: “¿No es mucho chocolate sólo para probar si me sabe? Pero él dijo todo animoso: “Qué más da, chatina, si no te gusta hacemos unos bombones y ya los como yo”.
La tienda estaba a tope de gente y la chica apremiaba con la bolsita de plástico preparada, así que nos lo llevamos. Luego casi me da un patatús cuando nos dijo el precio: ¡quince eurazos!

Ya, si, perdón, tiene razón, que importa lo que costó. Sigo:
Ya fuera, a pocos metros de la tienda, no pudimos aguantar las ganas de darle un bocado, así que en mitad de la calle, sacamos la tableta, abrimos el envoltorio por una esquinita y como dos ratones sobre el mismo queso fuimos intentando morderlo en bloque. ¡Imposible arrancar un trozo! ¡Era una roca! Nuestros dientes resbalaban por él haciéndole surcos y llenándolo de babas sin pillar suficiente cantidad para catarlo. Fuimos corriendo a casa, ansiosos, yo, de frente a la cocina sin ni siquiera quitarme el abrigo. ¡Le tenía unas ganas!

No, no. Mi suegra no estaba en casa cuando llegamos con el chocolate. Llegó después. ¡Por eso se lió todo!

Como le decía, al llegar a casa lo desenvolví entero y me puse a cortar un trozo con el cuchillo de serrucho, uno que me aseguraron cuando lo compré que hasta cortaba clavos. ¡Nada! Entonces agarré el machete de cortar el pollo, puse el chocolate sobre la tabla de madera y le arreé un par de machetazos. Sólo conseguí que saltaran pequeñas salpicaduras que ni se encontraban en la boca. Fue en ese momento que me dio por pedirle ayuda a mi marido. Reconozco que fue mi culpa, porque mi Pepe no es nada mañoso, y además no piensa antes de actuar, ¿sabe usted?, él va de frente a aporrear lo que sea. Pero ese día le dio por pensar, así que tras observar la tableta un rato me dijo: “Tráeme la caja de herramientas”. Obedecí. Sacó unos alicates medio roñosos y los estuvo abriendo y cerrando un rato para aflojarlos. A punto estuve de preguntarle si pensaba hacerle la manicura a la tableta con aquel corta-cables, pero no dije ni pío. Allí estuvo pellizcándola hasta que se cansó. Entonces le dije que era mejor que utilizara las tenazas, y él dijo que lo que tenía en la mano eran tenazas. ¡Ahí no me pude callar! Le grité que lo que tenía en la mano eran unos alicates. Y él que no, que “¿Qué sabréis las mujeres lo que son unas tenazas?”. Un cabezón, oiga, porque, ¡anda si no sabré yo diferenciarlas! Vamos, aquellas herramientas eran ya de mi abuelo, que era un manitas y cuando era niña él me dejaba usarlas y…

Vale, vale… no me alargo más, pero que conste que yo sí sé diferenciar perfectamente unas tenazas de unos alicates, y él ni idea. Sigo:
Me dio la razón como a los locos y cogió las tenazas. ¡Imposible abarcar aquel mamotreto! Al final me pidió la llave grifa. Como me vio con cara de interrogación añadió con gesto de suficiencia: “Sí, cariñin, esas otras te-na-zas de piquitos que…” ¡Dios…, me apetecía abofetearle! Le di la grifa porque sé perfectamente como es. Y allí estuvo otro rato el infeliz intentando ajustar la apertura al taco de chocolate. Cuando lo tuvo al fin bien sujeto, se quedó mirándolo un buen rato. Entonces le pregunté, ya un poco caldeada: “¿Y qué?, ¿ahora que ya sabes que no se te puede escapar, que vas a hacer con él, eh?”. Me respondió: “Calla, estoy pensando”. Yo ya estaba de los nervios y acalorada, porque aún seguía con el abrigo puesto. Al fin dijo: “Dame el martillo”. Me entró un escalofrío… Le dije: “¡Ay madre, Pepín del alma!, ¿qué vas hacer con él? A ver si rompes la meseta de granito y la liamos…”.
Ni me escuchó. Empezó a dar encima de la llave sin atinar ni una vez. Todos los golpes caían atravesados tumbando la herramienta de un lado a otro haciendo que el chocolate resbalara sobre la tabla y ésta sobre la meseta, pero ni un rasguño, oiga, aquel chocolate parecía de acero. Entonces le dio como una ventolera, soltó la llave grifa y, ¡pum-pum-pum!, a martillazo limpio. Estaba como enfebrecido, con los ojos brillantes, ¡como fuera de si! Volaban lascas  por todas partes y mientras yo le suplicaba: “¡Deja, deja, ya es suficiente, por dios santo, Pepe, cálmate!”, él maldecía a grito pelado: “¡Puto chocolate de los cojones, conmigo no vas a poder!”
Cuando al fin logré detenerle, le rogué que saliera de la cocina para que se tranquilizara porque ya le digo que estaba como enloquecido. Me quité el abrigo, bebí un vaso de agua y ya más sosegada fui recolectando aquí y allá trocitos de aquel manjar, los metí en la boca, cerré los ojos y… ¡vaya chasco! ¡No me sabían a nada! Bueno, sí, a madera, como el resto de los chocolates.

Vale, vale, entiendo perfectamente que no le importe si me sabe o no, perdone usted. Retomo:
Tras la prueba final, era el momento de recoger y limpiar aquel desastre. Las salpicaduras de chocolate se pegaban a la bayeta, a la escoba, ¡a todo!, como un hollín de chimenea o un trozo de lápiz de labios. Bueno, usted no lo sabe porque es hombre, pero cuando se cae un trozo de barra de labios si se intenta limpiar se expande y se expande hasta el infinito. ¡Pues igual! Cuando terminé con el suelo me puse a limpiar toda aquella artillería. ¿Sabía usted que esas herramientas tienen unas ranuritas? Pues sí, tienen unas ranuritas por las que se había metido el chocolate y por más que les daba con el estropajo verde no se iba. Al final tuve que usar un palillo e ir ranurita a ranurita. ¡Dios!, ¿pero cómo podía ser tan duro y pegajoso a la vez?
En esas estaba cuando entró mi marido para ayudarme a limpiar, y como el suelo aún estaba mojado, resbaló. Yo quise sujetarle, pero como en ese momento tenía las malditas tenazas en la mano, no sé qué pasó, pero fueron directas a su cabeza y, ¡plaf!, se me desplomó como una marioneta.
Mi Pepe no se movía, y yo tampoco. Me quedé paralizada, estrujando las tenazas y  mirándole desde arriba con la mente bloqueada. No podía pensar, ¿sabe usted?, se me había puesto como un hueco vacío en la cabeza, como si se me hubiera ido todo lo que tenemos dentro y me hubiera quedado nada más que el cascarón donde está agarrado el pelo.
Fue en ese momento cuando apareció mi suegra por la puerta.
Ya se puede imaginar la escena que halló: a su hijo, inconsciente en el suelo, y a su nuera, desmelenada y roja, con el arma en la mano. Empezó a gritarme: “¡Asesina, asesina, que me lo has matado, Dios mío, que me lo has matado!” Salió con las manos en la cabeza pidiendo socorro a los vecinos como una loca.
Poco a poco se me fue rellenando de nuevo la cabeza y me agaché a socorrer a mi pobre marido que no reaccionaba. Le di masajes en el pecho: nada. Cogí un tazón con agua y se lo lancé a la cara con fuerza, ¡plaf!, como hacen en las películas, que siempre se despiertan de golpe con esa táctica, pero nada, mi Pepe seguía inmóvil. Puse mi oreja en su pecho a ver si latía. ¡Latía, virgencita mía, latía! Me eché a llorar y salí también corriendo a pedir auxilio a los vecinos. Pero ya entraban en tropel los de enfrente y los de arriba con mi suegra encabezando el piquete para inmovilizarme.
Y ya fue cuando llamaron a la Policía.

Ya, ya sé que no tengo testigos, sólo a mi pobre Pepe, pero como sigue en el hospital, con la consciencia en la inopia… Pero prueba del delito sí que tengo: el chocolate.


Celsa Muñiz Diez
1º Premio en  el  XXIII Concurso de prosa Los Molinos 2015.
Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Los Molinos. Madrid


viernes, 17 de julio de 2015

Sin papeles

   —¡La madre está muerta!
Cuando el avión aterrizó en Barajas, ella sabía que sus tres meses de turista, eran una excusa para escapar de la miseria de su tierra. Atrás quedaba su pueblo de Medellín, en Colombia, donde la vida valía muy poco. En compañía de algunos compatriotas, pasó los primeros días en España, hasta que encontró trabajo como sirvienta, en casa de unos señores muy importantes. Aquella familia le gustó y estaba dispuesta a trabajar duro, anteriormente, había sido instruida por una compatriota de cómo debía comportarse. A los pocos días se movía por aquella casa como si fuera la suya. Sin embargo, en silencio pensaba que, en unas dimensiones como las de esa casa, en su pueblo vivirían varias familias juntas.
Meses después, descubrió la mirada seductora he insistente de aquel joven, pronto supo de sus intenciones, pero estaba preparada para no sucumbir a ningún halago.
   —Tu mundo es otro, no lo olvides— le había dicho su amiga.
 Sin embargo, la tentación vivía bajo el mismo techo, y él cada vez regresaba más temprano a casa. De las miradas pasó a las palabras, y estas bien estudiadas hacían en la joven el efecto deseado por él, hasta que ella le dejó dormir en su cama entregándole su  amor y juventud.
Pero toda la felicidad que sentía se convirtió en angustia cuando la regla no acudió a su cita, y luego otra segunda falta.
¿A quién contarle su estado?—pensaba— a su amante por supuesto que no, ella sabía cuál sería su respuesta, a su amiga cómo decirle que todas sus palabras no sirvieron de nada, ¿a dónde acudir? pensó en organismos oficiales pero era una sin papeles, una ilegal en un mundo tan legal, y no quería volver a la miseria de su país.
Metida de lleno en una terrible angustia, poco a poco todos sus proyectos se volvieron nada, mientras su barriga seguía engordando ajena a sus miedos.
   —Búscate  la vida lejos de mí: lo que me faltaba, una sudaca preñada en mi casa.
Esta había sido la contestación de aquel joven que, poco tiempo atrás era tan atento y comprensivo. Junto al desprecio ella comprendió lo fácil que es engañar y fingir, ahora se daba cuenta de la razón que tenía su amiga. Ella era una “sudaca” sin derecho ni siquiera a estar embarazada.

Una vez más sus compatriotas la ayudaron. Hacinados vivían su aventura española, su paraíso  prometido, tan irreal y tan falso. Ella cada vez estaba más gorda y el día del acontecimiento se acercaba, para subsistir acarreaba un carrito repartiendo publicidad por los portales.
Pero algo la inquietaba enormemente, ¿dónde dar a luz? ¿Dónde sentir ese placer de ser madre? Lo veía todo tan difícil, tenía tanto miedo a ser expulsada de España. Era una ilegal que sólo quería vivir mejor. Ese era su gran delito pero suficiente para amargarle la vida. Aquella tarde el reparto se le hizo más pesado de lo habitual, el embarazo llegaba a su fin. De pronto se encontró atrapada en la noche, lejos de sus amigos y del pequeño local que era su casa. Sintió como el dolor aumentaba, y sentada en aquel banco esperaba que éste fuese pasando y pudiera llegar al otro extremo de la ciudad. Se levantó pero sólo podía caminar muy encogida, así poco a poco fue acercándose a la entrada de aquel supermercado, pensó que al menos no se mojaría. Sabía que allí pasaría esta noche que debía ser maravillosa, y que sin embargo, comenzaba como una  pesadilla.
El dolor del parto era ya muy intenso y supo que su niño quería nacer, allí sola iba a ser madre. Cuando el agua mojó sus piernas y sus ropas, el mundo comenzó a girar y a punto estuvo de perder el conocimiento, pero el frío la mantuvo en vela. Acurrucada sobre si misma encima de unos cartones, y cubierta con un viejo abrigo, se dispuso a esperar el momento, muy lejos de los suyos.
Cuando llegó la hora pujó fuerte como le habían dicho, entonces de pronto sintió como si su interior se desgarrase totalmente, y el niño apareció entre sus piernas. El llanto le confirmó la noticia de una nueva vida. Mientras, ella quizás por el esfuerzo perdía la visión y el mundo otra vez giraba a su alrededor. Después pasado un tiempo tuvo conciencia de lo sucedido, y mirando a su pequeño pensó que era precioso.
Con el cuchillo que llevaba para abrir los paquetes de publicidad, cortó el cordón umbilical y lo ató. Después acarició a su niño y limpió su cara, mas otra vez la visión le fallaba. Con sus ropas viejas envolvió aún más a su pequeño al que notó frío. Pero esta ropa no era suficiente, entonces se despojó de su último jersey y abrigó a su hijo. Así al menos él  se salvará, pensó.
Ella alumbró una nueva vida mientras la suya se escapaba; lo supo al ver la sangre que manchaba sus piernas, sabía que se desangraba y no tenía a quien acudir. En un último acto acercó el niño a su cuerpo aún caliente y se abandonó a su destino.

   —¡La madre está muerta, pero el niño vive! —dijo el médico de la ambulancia.

José Ramón López Goyos 2º Premio en el III Concurso de Relatos Breves "El folio el malva".Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Castropol.

sábado, 7 de febrero de 2015

Erotismo musical


Me rozas y canto. Me tomas con tus manos y al tocar mi cuerpo, una melodía surge de mis entrañas para volar al cielo libremente igual que si las notas fueran pájaros. Me apoyo en tu hombro para que sigas acariciándome sin descanso, para que tus manos sigan sobre mí y la canción no se acabe nunca. Da igual que nadie me escuche, que no tenga un teatro lleno de público, no lo necesito. Me basta con la soledad de una habitación. Para mí es suficiente con que tú me oigas. Espero siempre ese momento del día en que te acerques y decidas tomarme para crear la música que sólo tú sabes hacer sonar,  para sacar lo mejor de mí. El contacto contigo me hace vibrar intensamente y sin poder evitarlo, me pongo a cantar de alegría para todo aquel que quiera escucharme. Melodías de lugares lejanos que aprendiste hace tiempo y que no has olvidado. Somos una pareja indisoluble, no lo dudes.

Y cuando terminas nuestra canción y me abandonas, espero silencioso a que vuelvas mañana y me tomes de nuevo, me saques del estuche, me apoyes en tu hombro y vuelvas a frotar el arco contra mis cuerdas que vibrarán con tu tacto y harán volar las notas de nuevo.

Margarita Pedrayes

(Finalista en el 1º Concurso de microrelatos eróticos de la librería La Costera de Xátiva (Valencia). Diciembre 2014)

domingo, 6 de julio de 2014

Manolabola

Imagen: 
José Manuel Acebal Rodríguez

Sobre las estanterías: los trofeos, fotos y diplomas que dan cuenta del éxito empresarial. Y brillando sobre la mesa, la peonza de oro con la inscripción: “Manolabola – 1960”.  Mientras les aguarda, la empresaria coge la pieza en la mano y sonríe. Se recuesta en el sillón y recuerda.



Tenía diez años y era verano. Frente a la casa de sus abuelos, donde pasaba las vacaciones, los chicos del pueblo jugaban a las chapas arrastrados por el suelo, conduciéndolas a golpe de índice y pulgar por la pista dibujada con tiza. Pero a ella nunca la dejaban participar.
—¡Fuera de aquí, Manuela, este juego es de chicos!
Su físico rollizo y grandote la hacía presa, además, de las burlas infantiles.
—¡Manola-bola, Manola-bola! —coreaban a su vez la niñas.

Pasó casi todo el verano sola, condenada en su patio jugando con una peonza de su abuelo, mientras escuchaba fuera la algarabía de sus castigadores. Hasta que una tarde de finales de agosto se asomó a la verja y los empezó a observar con atención. Se arrastraban por el suelo como lagartijas chillonas. Churretones de polvo y sudor recorrían sus caras necias, y por primera vez su tristeza se convirtió en desdén. Abandonó su destierro y se acercó a ellos con las manos en los bolsillos, tan despacio que ni se dieron cuenta de que estaba allí hasta que su gran sombra oscureció la pista de juego. Todos levantaron la vista al unísono, y a ella, desde su altura, le parecieron inofensivos ratoncillos.
—¡Lárgate, bola de sebo, que me quitas la luz! —le gritó el pelirrojo que en ese momento le tocaba turno.
Ella, sin cambiar el gesto, respondió con voz calmada:
—Puedo sacar vuestras chapas de la pista sin tocarlas con los dedos.
—¿Y cómo lo harías, eh?, ¿empujándolas con el aire de tus faldas? —se mofó el chico.
Todos rieron.
—Os lo puedo demostrar ahora mismo —continuó segura.
—Pues vale, demuéstranoslo, so tarada —la retó el pelirrojo—, venga, échate al suelo a ver si eres capaz de doblar tu barrigón.
—No necesito arrastrarme como vosotros. Lo haré de pie.
Se abrió paso en medio de las burlas, sacó su peonza y una cuerda de uno de los bolsillos de su vestido y la fue vistiendo de cordel con la precisión de un artesano. Cuando la tuvo bien prieta la lanzó con un gesto firme: ¡zas!, justo en el centro de la improvisada carretera. La rechoncha madera, desnuda ya del cordel, giró y giró, avanzando como bailarina de ballet, imparable, desalojando a su paso todas las chapas que entorpecían su camino. Cuando al fin alcanzó la meta, la peonza aún se mantuvo erguida unos segundos más al otro lado de la gloria, orgullosa de su hazaña, girando y girando. Luego, sin que llegara en ningún momento a tumbarse, con otra veloz maniobra de cuerda, la enlazó por la punta y, con un movimiento preciso, la hizo saltar hasta la palma de su mano y desde allí deslizarla de un lado a otro de la soga como experta equilibrista. Tras unos minutos más de espectaculares piruetas, la detuvo, la limpió contra la pechera y la volvió a guardar en el bolsillo. Luego, sin decir nada, se giró en redondo y se encaminó de nuevo hacia su casa. Sonriendo.



—Los señores que espera ya están aquí —le comunica su secretaria.
Hace pasar a dos hombres: un padre y su hijo. El mayor es un antiguo conocido que viene a presentarle al joven para ver si Manuela puede emplearle en su empresa.
Tras un saludo afectuoso y presentación del joven aspirante charlan animados sobre los viejos tiempos y sus familias. La hora siguiente la dedican al intercambio de información sobre el trabajo, el curriculum y experiencia acumulada del joven. Cuando al fin llega la despedida, y ya junto a la puerta, Manuela le pregunta al chico:
—¿Tú sabes jugar a la peonza, chaval?
—No, señora. Nunca tuve una.
—Ya te enseño yo, no te preocupes. Todos mis empleados, al igual que mis hijos, tuvieron que aprender.
—Ah, ¿si?
—Sí. ¿Sabes por qué?
—No se me ocurre, —sonríe divertido el joven.
—Porque la vida da muchas vueltas, y hay que bailarla en pie, sin arrastrarse por el suelo.
Y dirigiéndose al padre, añade sonriente:
—¿Verdad, pelirrojo?
—Verdad —responde éste cabizbajo.

Celsa C. Muñiz Díez
1º Premio en el II Concurso de Relatos Breves "El folio el malva". Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Castropol.




viernes, 7 de febrero de 2014

Crisanto


Como un sabueso que rastrea la presa, Crisanto levanta la cara y mira alrededor al salir del coche. Olfatea el mar. Coloca el índice y el pulgar en los extremos de los labios y tira hacia abajo acusando más el rictus de su boca.
Paladea el sabor a sal.
Paga al taxista y continúa a pie. Tras doblar el recodo divisa el faro entre la bruma que lo cubre. Para verlo mejor ajusta las gafas a su nariz aguileña, mientras recuerda las salvajadas que tuvo que aguantar sobre ella estando encerrado.
Con su andar encorvado llega hasta el punto. Se detiene. Contempla desde la altura el verde lechoso del agua chocando contra las rocas y la velocidad de la espuma al elevarse varios metros.
Se acerca más al acantilado y pone los pies justo al borde; un latigazo traspasa su cuerpo. En la zona más escarpada, Crisanto, estático, percibe el incesante movimiento del mar que lo reclama. Cierra los ojos y se retira unos pasos.
¿Por qué no pudo demostrar que no fue él?
¡Aquel abogaducho que le adjudicaron tuvo la culpa!
Había trabajado en diferentes faros por el Mediterráneo, sin embargo, Crisanto ansiaba ser el señor del mar en uno del norte, batido por grandes olas.
Cuando obtuvo un puesto de farero en el Cantábrico la felicidad le pareció a su alcance.
Pero llegó solo, su novia de toda la vida había decidido en el último momento que no estaba dispuesta a abandonar su tierra. Y aquel verano, con manos temblorosas por abrir las cerraduras, Crisanto tomó posesión del faro resentido contra las mujeres en general.
Siempre huraño bajaba hasta el bar a emborracharse. En poco tiempo logró que unos lo evitaran y el resto lo ignorasen. Así se convirtió en ‹‹El Farero››, aislado, incapaz de entablar relaciones. Por contraste, buscaba la compensación en los despeñaderos, entre los cortes más verticales por el estrecho camino de acceso al faro. Consciente del peligro, desafiar el terreno era lo único que le hacía sentirse vivo. Pese a ello, las experiencias del mar, el viento y la lluvia por compañeros, con el paso de las estaciones comenzaron a perder para él la primitiva intensidad.
La conoció tras subir gateando, agarrado a un aligustre, para con un impulso final llegar al camino y conseguir dejar atrás el abismo. Oliva le contemplaba al lado del precipicio, con sus manos cruzadas sobre el pecho, y expresión de admiración en el rostro. Ella aplaudió al hombre triunfador, en el instante en que, de un salto, Crisanto se ponía en pie. Ocupado en desafiar al vacío no la había visto.
Vivía en la casa  más cercana al faro y se había acercado para ofrecerle productos de su huerto.
―Son patatas de riñón, las mejores. También tengo tomates estupendos.
La juventud de Oliva y su tez morena le devolvieron el deseo de compañía femenina. Obsesionado con la joven, temeroso de perderla, al poco tiempo le pidió que se casaran:
―Ninguno tenemos familia, será poco más que ir al cura y firmar― le dijo al proponerle que se mudase a vivir a la casa del faro.
No obstante, receloso de que le abandonasen de nuevo, él era incapaz de desprenderse de sus obsesiones. Dificultaba que ella se acercase al pueblo.
Un día, en el bar, permanecía sentado con su botella de orujo delante y alguien contaba una historia. Cuernos, en el aire quedó la palabra. Su mirada oblicua se refugió en el fondo de su vaso. Mientras hundía el cuello en los hombros, le pareció que su espalda se convertía en el centro de las risas de los parroquianos.
Ya había pasado la novedad de tener a Oliva cerca, y el carácter misántropo de Crisanto volvió a resurgir. Entre celos y silencios pasaba de ignorarla a despreciarla; ella no se adaptaba a aquel tipo de vida en el faro y, para colmo, la boda no llegaba… Entretanto Oliva quedó embarazada. Se lo dijo con temor, casi en un susurro. Y la reacción de él no se hizo esperar:
―Quién me dice que es mío, a saber, o te deshaces de él o te largas con tu bastardo.
Oliva tardó en comprender el significado de la frase. Suplicó entre lágrimas… Aquella misma noche, Crisanto la echó de la casa del faro.
Supo que tuvo un chaval. En una ocasión tropezó con la partera:
―Farero, no lo puedes negar: el chiquillo es igual que tú ―le dijo.
Crisanto no respondió.
Alguna vez distinguió de lejos a Oliva con el muchacho. Crisanto siguió por el sendero montado en su “Iso”. También la vio paseando por los alrededores del faro.
Muy atrás quedaron los tiempos en que se levantaba por las mañanas con ilusión. En el primer destino de farero, había limpiado los lentes de Fresnél con mimo. Atendía a la linterna. Revisaba con dedicación el sofisticado mecanismo giratorio, para que no fallase. Se había sentido un héroe orientando a los navíos.
Entre los acantilados y el faro Crisanto subsistía dejando transcurrir los años. No obstante, se ganaba unas pesetas extras arreglando cualquier aparato de óptica que llevase lentes en su interior; de esa manera, iba haciendo unos ahorros para su cercano retiro. Únicamente hablaba con sus clientes. Y lo preciso.
Un atardecer cuando subía por las escaleras de hierro advirtió un ruido seco diferente a los habituales del faro. Puso atención. Entonces le pareció notar el eco de pasos acelerados por debajo. No tenía ningún arreglo pendiente. Le traerían un trabajo nuevo. Agudizó el oído. Pero los sonidos cesaron.  Siguió subiendo hasta llegar a una estrecha escalerilla vertical, para acceder al corazón del faro antes de que cayera totalmente la noche. Revisó la gran linterna de cristales circulares. Todo en orden.
Por el oeste aún se distinguía el rojo del sol ocultándose tras el mar dejando el cielo teñido de magentas.
Con el cigarrillo apagado en la comisura de los labios, Crisanto dio por finalizada su ronda. Llegó al primer peldaño de la escalera de caracol con su rictus de amargado, y las manos sucias de andar limpiando los engranajes y no lavárselas durante días. Miró sus pies enfundados en unas zapatillas de cuadros por las que asomaba el dedo gordo, comenzó a bajar, ni se molestaba en ponerse zapatos.
― ¿Para qué? ―A fuerza de vivir solo tantos años, se había acostumbrado a hablar en alto para escuchar una voz.
Porque la soñada melodía de un mar bravo, se había convertido para él en un rugido insufrible, que lo envolvía pegado a su piel llegando a desquiciarle.
Afuera era de noche.
Y Crisanto, sin querer, mentalmente repasaba los segundos del giro del haz de luz, los tenía incrustados en su cabeza. Le taladraban sin poder evitarlo. Uno, dos, tres, uno… ocho, nueve; u-n-o, d-o-s, t-r-e-s… ¡Odiaba; la odiaba, odiaba aquella cadencia! Bordeando la cordura, hermético en su obsesivo contar, trastabilló con algo en uno de los peldaños en medio de la escalera.
― ¡Cago en…! ―retumbó su voz en el interior del faro.
Introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y buscó la caja de cerillas. Con sus uñas ennegrecidas Crisanto rascó una y acercó la llama al bulto.
― Pero, ¿Qué…?
Atravesada en dos escalones, Oliva, con irregular respiración, emitía unos sonidos como jamás había oído. ¿Qué hacia ella allí? La cerilla le quemó la yema de los dedos. Encendió una más y la acercó a su cara.
En principio, no se atrevió a moverse. Permaneció arqueado ante ella que lo miraba sin expresión en sus ojos muy abiertos. Una cuerda rodeaba su cuello. ¿Quién le había hecho aquello? Aunque pensándolo bien… a él ¿Qué le importaba? Seguro que ella se lo había buscado. El reflejo del haz de luz iluminaba la escalera del interior del faro alternando la luminosidad con la negrura, Crisanto no gastó ninguna cerilla más.
De pronto una idea le asaltó ¿Le culparían de aquello?, ¡Seguro!. Todo el mundo sabía que habían tenido que ver. Sacudió la cabeza. Debía alejarla de allí.
Bajó a por la gran saca con la que protegía los lentes para repararlos, y al volver a subir la respiración ronca y silbante de Oliva delataba que aún vivía. No le importó. Tenía que quitarse el problema de encima. Era su único pensamiento. Con toda su fuerza metió la saca por debajo de Oliva y la cerró dentro.
Apretó los nudos. Comenzó a arrastrarla.
Cada impacto seco le indicaba un peldaño bajado, Crisanto se animaba y tiraba más fuerte. Llegó al final de la escalera. Un último peldaño.
Y… ¿Qué hacía con ella? ¿Tirarla al mar?. Escuchó las olas que estallaban contra el acantilado, la marejada se abatía sobre la costa esa noche. Lo desechó, el mar la devolvería. 
Se detuvo a cavilar. Había deseado apartarla de su vida, pero no, ella se obstinaba en pasar por delante del faro, enseñarle ese bastardo que se había empeñado en tener. Aunque el odio que ofuscaba su mente nublaba sus ideas, Crisanto se aferró a una que le pareció sublime. Haría desaparecer para siempre a Oliva. Conocía el lugar perfecto. Nadie la encontraría jamás.
Arrastró la saca fuera del faro y cargó a Oliva sobre su moto. La ató con varios cordajes y arrancó. Avanzó entre la niebla por el zigzagueante sendero de acceso al faro, cuando llegó a su parte más estrecha se detuvo.
Lanzó el bulto al suelo.
Calculó la distancia hasta el primer arbusto sobresaliente dentro del precipicio.
Empujó.
El sonido de la caída quedó absorbido por el rugido del mar. Con tres saltos bajó hasta la saca. Volvió a empujar con fuerza.
El peso se deslizó, arrollándole por un instante a él también, hasta chocar contra las voluminosas piedras que sobresalían de la vertical. La encina enraizada en ellas ocultaba totalmente la entrada.
El golpe de una ola rompiendo abajo contra las rocas lo devolvió a la realidad.
¿Y si Oliva seguía viva? Acaso pudiese hacer algo por salvarla. Descartó la idea.
Continuó arrastrando la saca dentro de la grieta abierta en el precipicio, Crisanto conocía cada recoveco de la cueva que se abría detrás.
Cuando soltó a Oliva, Crisanto se encaramó por la pared, ni un solo tropiezo tuvieron sus pies en esta ocasión.
No se molestó en arrancar la moto, sujetándola por el manillar, regresó de nuevo al faro. La humedad de la noche formaba pequeñas gotas sobre el sillín. Y el haz de luz en su giro sin fin, a intervalos, inundaba de claridad el entorno.
No pensó más en Oliva.
Fue el chico el que había alertado a los vecinos porque su madre faltaba de casa. La policía pasó por el faro para preguntarle si Oliva lo había visitado.
Peinaron la zona y revisaron el acantilado en los primeros días de la búsqueda.
Encontraron el cadáver. Lo acusaron a él. Nadie creyó su versión.

Ni su abogado.

Mara A. Loredo
(Accesit del II Certamen Literario 50+)  Agosto 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

El velatorio



Cuando murió el tío Pedro, que según  comentaban los vecinos, apareció muerto en la cama de Carmina, una vecina soltera del pueblo, tenía yo nueve años. Lo velábamos en su casa de la aldea. Era mi primer velatorio y lo pasé bien, al poco de llegar rezaron el rosario, yo no, luego a eso de las doce de la noche, la tía María, la mujer del tío Pedro, acercándose a la caja del muerto que estaba destapada dijo: Está muy guapo, como si estuviera dormido.

Después repartió copas y las llenó de orujo, a mi me dieron de anís, también comimos manzanas. El calor de las primeras copas de orujo, hizo que todos comenzaran a hablar y a contar chistes, al tiempo que el líquido de la botella bajaba cada vez más, tuvieron que abrir otras dos.


Los hombres, cuando la tía María no estaba presente, contaban chistes de Pedro y de Carmina, que vaya muerte más feliz encima de su amante. Se reían todos mucho, aquello parecía una romería, yo viendo tanto jaleo y tantas risas, me acerqué a la caja del muerto y vaya desengaño, el único que no se reía era… el tío Pedro.

José Ramón López Goyos
(Justas Literarias 2012)

viernes, 18 de octubre de 2013

Vampiro literario


Las doce de la noche. La luna estaba oculta tras nubes espesas y entonces la oscuridad aterraba. El vampiro abandonó su féretro en busca de victimas que le proporcionaran alimento. Se puso su capa negra y avanzó hacia la biblioteca del gran castillo amurallado. Sus pies apenas tocaban el suelo, casi flotaba. Mostrando los colmillos marfilíneos y agudos parecía sonreír. Era un espectáculo macabro que pocos hubieran resistido. Sus ojos rojizos brillaban en la noche y lo conducían hacia sus objetivos.
Ascendió las escaleras del castillo que conducían a la biblioteca, ligero sin hacer ruido; abrió la puerta aún con la  resistencia de los goznes, buscó… la D… Dickens, ¡aquí está! Y de postre… La Dama de las Camelias; algo hay en su tos sanguinolenta que me atrapa.
Una niña rubia, pálida, con grandes ojeras esperaba a la puerta, se acercó a él, sonrió con unos colmillos que más parecían de lince, bajó el camisón dejando libre el cuello, que le ofreció :” bebe, estás desnutriéndote con tanta lectura”.
 
 Ana Trelles   
(Justas Literarias 2012)

Haikus Justas Literarias 2012



Tan frágil como
ala de mariposa
nuestra vida.

Caen las hojas
tintinea el viento
en los cristales.

Calles alegres
niños bulliciosos
van al colegio.

Viento tibio
finales de verano
es septiembre.

Sabor amargo
las hojas verdes del té
en la mañana.

Gota de lluvia
rueda por tu mejilla
como lágrima.

Soñarte siempre
despertar, no sentirte
cada mañana.

Soy abogado
de las causas perdidas
de sueños rotos.

Tú ya no estás
qué distinto color de
las orquídeas.

El rompeolas
de ausentes deseos:
la poesía.

Ana Trelles   (Octubre 2012)

domingo, 26 de mayo de 2013

La llamada

Sin saber por qué ni cómo, tras toda una vida de libertad, siguiendo una llamada interior, un buen día inició el camino de regreso. Algunas veces la intuyó, pero nunca le había hecho caso. Aquella vez fue tan imperiosa que no pudo sustraerse.
Recorrió kilómetros y kilómetros atravesando todo tipo de obstáculos. Llegó al que era su irrenunciable lugar. Por fin frente a él tenía su ansiado río.
Sus raíces lo saludaron dándole la bienvenida.
¡Estaba allí, saltando nuevamente entre las piedras de su infancia! Con la mirada de adulto reconocía los profundos remansos, cada recoveco del río, las cascadas con el cantarín sonido que lo meció en la primera etapa de su vida, los desniveles con los añorados rápidos entre los que tanto jugó saltando arriba y abajo, cada piedra, cada árbol…, la tonalidad ambiental, el sabor del agua.
De repente, no supo qué le ocurría: algo lo llevaba, lo arrastraba contra su voluntad; y él, que tenía el destino grabado en cada célula de su cuerpo, en su color, en su brillante piel, pugnando por sobrevivir, comprendió que estaba llamado a ser importante. Rompería con su irremediable sino de acabar sus días en el primer tramo del río, finalizaría luchando de forma valiente, igual que había vivido. Luchó… luchó…
—Sí, seré el Campanu de este año.

Cuando lo decidió, se dejó vencer.

Mara A. Loredo

miércoles, 23 de enero de 2013

El no amor


—No me quieras tanto que me ahogas —se quejaba Laura, harta de la presión.
—Te quiero tanto que me duele. Estoy loco por ti —se justificaba Luis.

No entendía nada. Le enviaba flores, la llamaba cada dos minutos. Desde el principio se preocupó por ella. Sabía qué hacía, con quién salía, todo, porque el siempre supo lo que a ella le hubiera venido mejor, porque la amaba sinceramente.

Laura le llamaba machista y controlador. El ignoró sus palabras, ¿cómo podía ser tan desagradecida? Si hasta la había alejado de esos amigos inoportunos, de esa familia tan envidiosa que la había aconsejado que lo dejara, por un golpe de nada. Había sido un accidente.
 
—Tú no me quieres, tú me matas, me anulas —seguía diciendo ella, pegada a la puerta de la calle.
 
Un disparo sonó en la noche silenciosa, las cuatro de la madrugada. Una sirena de policía se oyó a lo lejos. El no amor mata.

Marta Nicolás Rodríguez
Publicado en el diario El Heraldo del Henares (5-1-2013)

domingo, 26 de agosto de 2012

Llocura de vieyu


Imagen: Raquel Márquez Quintero

¿Era tan viejo cómo su cara delataba?  Porque cuando se detuvo junto a la farola, su forma de apearse de la antigua bicicleta fue ágil. Ceferino, entró en el banco y esperó su turno. En caja retiró quinientos euros.
Estaba decidido, con la paga de Navidad que había ahorrado entera, iba a comprase aquel televisor moderno que vio en el escaparate. Sí, quizás era una locura, como le había dicho su amigo José cuando le reveló su sueño: le hacia ilusión tener una tele plana, de esas modernas y tan grande como un cine.
―¡Tas llocu! Eso ye una llocura de vieyu  ―dijo, poniendo el grito en el cielo. Tras una acalorada conversación, que finalizó recordando la primera vez que entraron juntos en el cine Los Campos, José pasó a ser el rendido cómplice de su capricho secreto.
Ceferino, salió del banco abstraído en el enredo de sus pensamientos. “Si viviese su mujer irían juntos a la tienda, ella tenía mas desparpajo que él y pediría descuento. No lo diría a sus nietos, tampoco a sus hijos, se lo quitarían de la cabeza, esta vez, no estaba dispuesto a que le arrebatasen su ilusión. Le asaltó una duda ¿sabría él utilizarla?, pero rápido la descartó ¡ya aprendería! Los vecinos, que tienen estudios, y le enseñaron a usar el calentador nuevo de gas, se lo explicarían”.
Cerca del corazón, en el bolsillo interior de su chaqueta de pana marrón, percibía la cartilla del banco; sonriendo, pensó en el billete que estaba junto a ella. Cuando lo recogió en el mostrador, lo observó durante tiempo, nunca había visto uno igual, era de un color diferente y estaba nuevo. Ceferino se tomó su tiempo. Con la vista ya muy cansada a sus 97 años comprobó los números, a la vez que un poco desconfiado, y cuando vio “5oo”,  por fin, lo guardó.
Aun estaba en la esquina, al lado del banco. No supo muy claro que es lo que ocurrió, todo fue muy rápido…, casi irreal, sintió que chocaban contra él y de repente palpando de forma repetida con su mano izquierda el bolsillo por fuera, comprendió  que le habían robado. Le faltaban: la cartilla de ahorros y el precioso billete morado. Aquel hombre que huía, se llevaba su ilusión. Subió a la bicicleta  y se lanzó tras él gritando: ―¡ladrón, ladrón!―, no pensó que el joven era fuerte y le podría hacer daño, sólo sabía que era quien le había robado. No sintió fatiga ni dolor en las piernas,  en su cerebro una única idea: aquel hombre se llevaba su ilusión, quizás su última ilusión; y pedaleó más y más. Cuando estaba a punto de alcanzarle, el ratero se subió a un taxi. El anciano siguió tras él, pero el coche se alejaba a velocidad, Ceferino, comprendió que ya no podía hacer nada y desistió. En la acera, entre transeúntes desconcertados, su vecina atónita, contemplaba el final de la persecución y corriendo se acercó a él, tras una entrecortada explicación, ella desde su teléfono móvil informó al 091.
La semana pasada, le entregaron a Ceferino un aviso para ir a comisaría. En la policía, comprobó sorprendido que le conocían y felicitaban por su valentía. Ya en el despacho del Comisario, y mientras le estrechaba la mano, le explicó que se detuvo al delincuente y que el Juez dictó un auto para que se le devolviese su dinero.

En la actualidad, algunas veces sale en la prensa y la gente le trata como a un héroe. No le gusta esto. Hasta vienen periodistas a entrevistarle mientras trabaja en su huerto cómo siempre, desde hace tanto tiempo que ni se acuerda cuando comenzó a plantar porque no le alcanzaba su sueldo. Tiene la impresión que todo el mundo se empeña en interrumpir sus pensamientos, su rutina. Él, sólo quiere tranquilidad.
Y  es que ahora, los días de Ceferino tienen una meta: entrar al atardecer en su salón. Porque allí…,  le espera… su secreto.

Mara A. Loredo
Publicado en Revista "Vivencias" (Julio 2012) 

miércoles, 18 de julio de 2012

Sin título


ahora no huele a nada

por mi mente pasaron
los aromas de entonces
recordé la colada
el blanco de la ropa
tendida en la ventana
y el olor a humedad
que impregnaba la casa
el cocido en el fuego
y a mi madre espumando

ahora no huele a nada

recordé las mañanas
con ese olor a algas
mis primeras mañanas
en una ciudad nueva
al abrir las ventanas
el olor del sudor
al salir de la cama
el olor de tu cuerpo
y mi cuerpo
el sabor del cansancio
el aroma a nostalgia

ahora no huele a nada

Mª Isabel Álvarez Jiménez
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

Llanto por mi musa


Te conocí de niña
(tal vez era domingo)
y apoyada en la luz de la tarde
intentaba ensayar un verso.

Recuerdo que llegaste
sobre un torrente de palabras
que se hicieron caricias
al resbalar sobe mi falda.
Las sujeté fuerte entre mis manos
no se fueran a esparcir por el suelo.

Luego hubo un tiempo compartido,
empolvado de aromas confortables
en las locuaces primaveras,
y cantos que hacían latir
a los afligidos febreros.

Pero hemos anochecido.
Las palabras se han vuelto tan cansadas
que se paran en las orillas
a holgazanear entre los recuerdos,
temerosas del chantaje del tiempo.

Una extraña mañana
de luz helada
el huerto murmuró
que en la noche tus pasos
navegaban inquietos.
Y el farol desveló
que en la noche tus ojos
hilvanaban anhelos.
Al fin el eco susurró:
te habían seducido
las enaguas tan blancas de la luna.

Ahora, cuando la tarde va cayendo
vestida de una noche seductora,
Ella te cita
en la loca oscuridad de una plaza,
y su larga cabellera de nubes
la adorna con tu canto,
tu amor, tus versos.


Paloma Muro de Zaro
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

Orfeo


Solo, en la barra de un bar
sin nombre,  con ecos de guitarra,
vuelvo a recordar
mi bajada al infierno del hospital
donde yacías dormida,
despojada ya de tu ropa
con olor a campo,
lánguidas las manos de alabastro
y la voz callada para siempre.

Luego más noches,
más bares,
más recuerdos,
y tú, mi Eurídice, susurrándome
que camine, que no mire atrás.

Pero quiero quedarme.
Y noche tras noche,
ciego a tu mensaje,
tañer la lira
de la melancolía...


Marisa García
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

viernes, 22 de junio de 2012

El viejo camino


Imagen: Diana Sobrado

Dos son los caminos que llevan a la granja. El uno, que es la ruta más pintoresca y conocida, bordea campos de labranza y prados, y el otro, que es mucho menos transitado, atraviesa un bosque de carbayos centenarios y majestuosos, regados por el río rumbo al mar. Esta última era una caleya complicada y peligrosa, y por eso, N´Longa se quedó asombrado cuando su compañero de viaje, Antonien, se adelantó por entre los árboles y, sonriente, le animó a que, por todos los dioses, fueran por allí hasta la granja de sus ancianos tíos.
−¡Por el bosque! −N’Longa se quedó contemplando los retorcidos troncos cercanos al joven.
El cuerpo arrugado y marchito, encorvado y frágil, así era N´Longa, con el rostro surcado de profundas arrugas, y ojos vivaces que resultaban chocantes para un anciano como lo era él, se quedó parado. Pensativo observó el otro camino.
−Sí, por favor; es, al menos, el camino que recuerdo −le respondió Antonien contento de recordar algo de su niñez.
−No parece muy transitado que digamos −miró de lado a los troncos dormidos y comenzó a caminar−, y el sol está cayendo. Pronto oscurecerá por lo que tenemos que darnos prisa en atravesar este bosque.
−Tranquilo.
−Yo solo digo que no me parece una buena idea.

El sonido de las hojas, rozadas por la brisa,  le recordó a N’Longa las sonrisas de viejas y se giró para confirmar que no había ninguna anciana allí.

−De pequeño cruzaba con mi tía este bosque para ir a la escuela−. Sonrío el joven al recordar aquellos días soleados de su vida− Me lo pasaba muy bien jugando en el bosque mientras el maestro nos daba clases de botánica.
El joven avanzó confiado a través de dos piedras grabadas con dibujos mientras su compañero se paraba a mirarlas extrañado.
−Solía ir todos los sábados con el maestro a pescar al río. Bueno, está bien −sonrió mientras bajaba la cabeza−, el pescaba y yo cazaba renacuajos.
Un pequeño túmulo de tierra le hizo resbalar y se cayó sobre un círculo de piedras del que se levantó ágilmente dejándolas caer.
−Pero un invierno el río se desbordó. El camino se hizo imposible de seguir y dejamos de venir por él −el anciano movió la cabeza pensativamente−. Además, a las pocas semanas, la escuela cerró al morir el maestro. Le dijeron a mi tío que lo habían encontraron ahogado bajo el puente del río, en el remanso, en una orilla.
El joven se paró un minuto mientras el anciano llegaba a su lado. Continuaron entonces el camino evitando una zona de ortigas siguiendo la rivera del río.

−La verdad es que recuerdo que mi tía se asustó cuando lo del maestro −dijo mirando hacia el río que estaban ahora bordeando−. En primavera me mandaron a estudiar fuera y luego me acogiste en tu taller de relojería por lo que no volví más a la granja.
Las ramas retorcidas de un pequeño arbusto se interpusieron en el camino del joven y este las apartó y las partió. El ruido sonó a quejidos a los oídos finos de N’Longa.

−No supe lo que le había pasado realmente al maestro pero si recuerdo que lo enterraron fuera del cementerio. Me llamó la atención e incluso se lo pregunté a mi tía pero…ella me hizo callar.
El joven Antonien se quedó callado meditando sobre ello mientras el anciano seguía caminando a su lado.
La bruma nocturna se había levantado silenciosa y rodeaba el río hasta los pies de los viajeros. Los grillos comenzaron a entonar sus melodías de cortejo mientras se escuchaba el ulular de un buho a lo lejos.
Pasados varios minutos en silencio, escuchando el bosque, comenzaron a ver un objeto entre la espesura que parecía clavado en el suelo y que presentaba líneas rectas en yuxtaposición a todo lo que le rodeaba.
−Esta cruz no estaba cuando yo era pequeño. Será en recuerdo de algún viajero perdido −dijo aquello con media sonrisa mientras miraba a N’Longa.
El sonido del chapoteo de las hojas que caían en el río les llegó mientras continuaban hablando.
−Deberías tener mas respeto por estas cosas.


Las enredaderas cruzaban de lado a lado el angosto sendero aún visible por entre las raíces y los guijarros. Los dos viajeros caminaban despacio apartando los obstáculos vegetales que les cerraban el paso. La noche ya había vestido el bosque y los andantes se guiaban mal por entre los enraizados pliegues del camino. De pronto, en mitad de la niebla comenzaron a ver un pequeño haz de luz.
−Ya estamos llegando, N’Longa. Esa luz es de la granja. Date prisa.
−Espérame −le señaló el anciano−. El río está muy cerca y esta niebla no me deja ver bien la senda.
Pero el joven ya estaba lejos, a varios metros de N’Longa, esquivando ramas y cañas secas que le estorbaban en el camino.
−¿Qué es esto…−el joven se giró en el suelo para saber que se le había enredado. Una mano nudosa le agarraba fuertemente de la bota y otra más le estaba sujetando el tobillo. Continuando la imagen se alargaban unos brazos sarmentosos que se hundían en el agua. Unos ojos redondos, sin párpados, lo miraban fijamente desde las aguas mientras los brazos arrastraban al joven hacia el río.

La espesura comenzaba a clarear mientras N’Longa salía del bosque pensando en la caliente cena y la cama donde descansar de aquella larga jornada. Por primera vez desde que entró en aquel enmarañado bosque se relajó y dejó escapar un suspiro de alivio.
Continuó avanzando por el camino empedrado que llevaba a la granja creyendo que Antonien ya estaría abrazando a sus tíos mientras, varios metros atrás, otros brazos se estaban uniendo a los primeros para arrastrar al aterrado joven hacia las aguas oscuras.

Diana Sobrado
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

jueves, 21 de junio de 2012

Trepa como hiedra


Ahora que este río
me corre por las ramas,
y trepa como hiedra
directa a los principios,
mi mano se adelanta
y busca en los silencios
la huella de tus pasos
perdida en los rincones.

Igual que negros lobos
me asaltan las mareas
de final de verano
y se alargan las lunas
que mueren en la playa.

Para buscar el mar
que todo lo apacigua,
tomaré, ya desnuda,
como llegué a la vida,
mi última piragua.

Carmen Agún González
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

domingo, 11 de marzo de 2012

La perfección




Acababa de  probar la perfección. Aquel  vaso contenía el deseado aroma, su ideal de sabor, el color soñado ¡Estaba allí! Sus vacaciones se habían truncado.

Todo comenzó cuando su mujer se encaprichó por conocer el Norte de España. A él no le apetecía mucho el destino, pero accedió por no aguantar su enfado. Así llegó a Asturias. Le habían comentado que tenían sidra, la probaría, nunca imaginó que pudiera ser mejor que la que él producía en su château de La Bretagne. Distraído, observaba cómo antes de descorchar la botella el camarero la agitó para dispersar el poso cuando, displicente, tomó un trago y se encontró con la perfección.
Su mente ya no pudo dejar de pensar en aquella sidra. Quiso saber, compró libros, botellas, se documentó sobre el proceso, no podía ser todo tan trasparente… tenía que conocer el secreto. Deseaba la fórmula, la compraría. Aquella excelencia debía formar parte de su marca. Lo lograría costase lo que costase.
No continuó sus vacaciones, su esposa enfadada sí lo hizo.
Los abogados, fracasaron en las conversaciones con los dueños de diversos llagares en la compra de la fórmula, ya que todos ellos insistieron una y otra vez en que era natural, no había secretos. Pero no les creyó, no sabían con quien trataban. Él no conocía barreras en su ambición. Contrataría espionaje industrial. Robaría la fórmula.

El espía que tenía delante era el mejor. Aquella misma mañana había llegado. Se citaron en un establecimiento con el suelo alfombrado de serrín que los lugareños llamaban “chigre”. Eran las dos de la tarde, todo el mundo bebía por los enormes vasos y cada grupo por el mismo, ¡Mon Dieu!. ¡Ah, rústicos! ¿Por qué tenían cara de ser felices? Bebían, reían, tiraban el sobrante al suelo. ¡No entendía nada! Echaban esa perfección olfativa desde lo alto contra el borde de los vasos, y la espuma, aquella espuma... ¡Eran gentes diferentes!. Pero algún poder tenía esa magistral fórmula porque lo elaborado en su cuidada y moderna bodega, nunca, que él supiese, había producido esos efectos de alegría en su clientela. Una punzada de envidia le atravesó el pecho. La fórmula sería suya.
“No ha sido difícil, son muy confiados”, comentó el sicario, cuando tras un exhaustivo trabajo por los principales llagares le entregó el modo de elaboración con todo detalle, anotaciones y discos informáticos.
 Perfecto; lo había logrado. Ya no existían secretos para él. Curioso detalle, también eran asépticos y cuidadosos en la elaboración.
Regresó a su empresa y movilizó a toda la plantilla de físicos y químicos del laboratorio. Su marca sería la admiración de la zona, y la sidra, su sidra,  la mejor del país.


Preside el Consejo de Administración reunido ante él en el espacioso despacho del château. Será el gran día tras meses de arduas investigaciones de los físicos y químicos que han trabajado con los datos. Seguro que le concederán la ampliación de capital que piensa solicitar cuando prueben el primer néctar que servirán hoy. Mientras aguarda que llegue el equipo de elaboración para servir la cata, recuerda el inicio de la aventura que está a punto de encumbrarle a lo más alto.
La puerta del despacho se abre. Entra el jefe de laboratorio. Su rostro refleja una extraña expresión y la bata blanca destaca su palidez. Le siguen todos los ayudantes. Él, advierte cierta tensión en el ambiente.
―Necesito hablar con usted en privado ―dice casi en un susurro el recién llegado.
―No se preocupe ―responde él sonriente―  lo que tenga que hablar, dígalo aquí, no tengo secretos para el Consejo. Usted dirá.
Paso a paso tiene  que escuchar incrédulo, las explicaciones del químico: los ácidos orgánicos como el málico… la transformación bioquímica de los polifenoles y su repercusión sobre el color, el aroma… los descriptores sensoriales relacionados con la espuma… la regulación de la población de levaduras… las variables físicas de la concentración de azúcares y macromoléculas… la fermentación natural…
Conclusión: La sidra se agria, los discos informáticos se borran, las notas delante de sus ojos se vuelven invisibles.

Y fue entonces, delante de todos, sin poder evitarlo, cuando lo que creía iba a ser la consolidación en el sector, se convierte en su derrota.
―Lo hemos intentado por todos los medios a nuestro alcance, pero al final los resultados son imposibles ―comenta apesadumbrado el jefe de laboratorio―. Creo, señor, que cómo dicen en la tierra de donde trajo los datos, los resultados no son de bandera sino puxarra.
¿Cómo osa decirle semejante cosa este estúpido empleado? Mientras los ayudantes asienten, sus pobres oídos también  tienen que soportar algo inverosímil, lo más ridículo que jamás se les ha dicho a los condes de Destrailleaux, título del que él era, hasta ese día, orgulloso heredero.
―Una leyenda cuenta que la sidra asturiana elaborada fuera de sus fronteras está protegida por sus Duendes y…, señor, creemos que es la realidad. No podemos elaborarla.

Mara A. Loredo
Publicado en Revista "Vivencias" (diciembre 2011)